{"id":3464,"date":"2020-03-30T11:41:12","date_gmt":"2020-03-30T17:41:12","guid":{"rendered":"https:\/\/elhuevocojo.com\/?p=3464"},"modified":"2020-03-30T11:41:12","modified_gmt":"2020-03-30T17:41:12","slug":"la-ley-del-covid","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.elhuevocojo.com\/?p=3464","title":{"rendered":"La ley del Covid"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-3466\" src=\"https:\/\/www.elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/03\/asilo-2.jpg\" alt=\"\" width=\"1280\" height=\"700\" srcset=\"https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/03\/asilo-2.jpg 1280w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/03\/asilo-2-300x164.jpg 300w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/03\/asilo-2-1024x560.jpg 1024w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/03\/asilo-2-768x420.jpg 768w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/03\/asilo-2-640x350.jpg 640w\" sizes=\"auto, (max-width: 1280px) 100vw, 1280px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h4><strong>Mois\u00e9s Navarro<\/strong><\/h4>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<blockquote><p><em>Con la presente cr\u00f3nica inauguramos los Diarios de la Cuarentena, que en este espacio estaremos publicando de manera constante, intensa, primero porque responsablemente hemos tenido que suspender nuestras sesiones presenciales de los talleres, pero, por otro lado, porque hemos decidido no parar de relatar lo que cada uno vive, d\u00eda a d\u00eda, en este tema que es mundial. Aqu\u00ed dejaremos constancia de algunas de las muchas historias que se viven a prop\u00f3sito de la epidemia por el coronavirus.<\/em><\/p><\/blockquote>\n<p><em>\u00a0<\/em><\/p>\n<p>Dos veces hemos tenido que dejar a mi abuela en un asilo. Las dos dolieron lo mismo. La primera vez ven\u00eda de Estados Unidos porque mi t\u00eda \u2014la menor, su chiqueada, nuestra villana personal tipo telenovela\u2014 la devolvi\u00f3 despu\u00e9s de que se la llev\u00f3 a Las Vegas e hizo un escandalazo, escribi\u00f3 y escribi\u00f3 lo peor de nosotros en Facebook y jur\u00f3 que ninguno de los que nos quedamos la volver\u00edamos a ver ni muerta. Solo que no aguant\u00f3 ni dos a\u00f1os y vino a dejarla en un asilo cerca del Coli, ayud\u00f3 a pagar un mes, se regres\u00f3 al gabacho y no supimos m\u00e1s de ella.<\/p>\n<p>La segunda vez fue porque la cambiamos de asilo, pues el primero era incosteable y lleno de fallas (por ejemplo: est\u00e1 cerca del canal del Coli \u2013antes r\u00edo Chicalote\u2013 el agua que baja del cerro corre como r\u00edo y nadie puede pasar ni salir de las rec\u00e1maras). El sitio donde ahora vive, si bien es m\u00e1s humilde y debe compartir rec\u00e1mara con otro par de viejitas, es mucho m\u00e1s humano. Est\u00e1 por avenida Lapizl\u00e1zuli, muy cerca del Teatro Galer\u00edas. Ah\u00ed tienen festejos en todos los cumplea\u00f1os, con karaoke incluido. Van chicos de diversas escuelas a realizar servicio comunitario. Cada festividad es celebrada y los residentes son vestidos para la ocasi\u00f3n. Hay juegos de mesa, actividades recreativas y gimnasia para que los viejitos no se entuman. Est\u00e1 el geriatra de cabecera, sus enfermeros y sus cuidadoras.<\/p>\n<p>Cuando la dejamos ah\u00ed, la mayor parte de la familia materna nos dej\u00f3 de hablar. Muchas opiniones, muchos chismes, muchos mensajes, pero nada de ayuda y peor: ninguna visita a la vieja que hab\u00eda sido diagnosticada con Alzheimer meses antes y cuya enfermedad avanzaba r\u00e1pidamente sin darnos respiro.<\/p>\n<p>Cuando lleg\u00f3 de Estados Unidos confund\u00eda todo: su rancho (El Cerrito, localidad de Santa Ana, Acatl\u00e1n de Ju\u00e1rez) con Las Vegas y Guadalajara al mismo tiempo. La temporalidad se volv\u00eda una sola. Recuerdos de la ni\u00f1ez, de la adolescencia, de su juventud y del presente se entremezclaban y volv\u00edan su existencia un mazacote.\u00a0 Eso, y sufr\u00eda constantes cambios de estado de \u00e1nimo y una desconcertante p\u00e9rdida de pudor. El geriatra que la vio le pudo controlar la mayor parte de esos s\u00edntomas, pero la enfermedad sigue sin dar tregua.<\/p>\n<p>El asilo tiene dos horarios de visita: en la ma\u00f1ana, de 10:30 a 13:30 y por la tarde, de 16:00 a 18:00. A la hora de salida en punto, Cecilia corre a todos los visitantes del asilo. No importa qu\u00e9 tanto tiempo hayan pasado con sus familiares, el horario es el horario, dice, y se\u00f1ala el letrero que indica los tiempos de visita. Con quienes tiene buen trato, los corre con mucha pena; con quienes no, utiliza su voz m\u00e1s autoritaria. A veces, los domingos que llega tarde, es posible pasar m\u00e1s rato con el familiar internado, pues se va ella de visita con alguno de sus hermanos. Resulta que Cecy no es enfermera, cuidadora, administradora, ni intendente. Tambi\u00e9n es interna. Tiene alguna especie de esquizofrenia, parece muy funcional. Si uno no la conoce lo suficiente no pasar\u00eda por enferma. En el asilo la dejan salir a sus compras, y no solo eso, le han asignado responsabilidades: ser la portera, y asegurarse de que todo aquel que entre se registre en el libro de visitas. Nadie escapa a su escrutinio. No hay relaciones p\u00fablicas, no le interesa quedar bien con nadie. Es parte de sus obsesiones, no las suelta. Adem\u00e1s de eso, asegura ser esposa de Alejandro Fern\u00e1ndez. No va tan perdida. El pap\u00e1 (su suegro) ya est\u00e1 muy viejo para ella, aunque no es ninguna joven.<\/p>\n<p>Marcelina, la compa\u00f1era de cuarto de mi abuela, sufre delirios de persecuci\u00f3n. Est\u00e1 acariciando los cien a\u00f1os. Se la pasa sentada, tranquila, con el rosario en sus manos y si un hombre pasa demasiado cerca de ella comienza a gritarle. Que dejen de mirarla de esa manera, que dejen de acosarla, que dejen de tocarla. Marcelina nunca se cas\u00f3. Platica a su modo con mi abuela, se suelta cont\u00e1ndole cosas mientras mi abuela relata otras que nada tienen que ver. O en ocasiones, mi abuela le grita: \u201c\u00bfQu\u00e9?, \u00bfde qu\u00e9 est\u00e1s hablando?, \u00a1no te oigo! Sabe qu\u00e9 tanto dices\u201d, pero Marcelina no se importuna, sigue platicando su an\u00e9cdota o hablando de la comida del d\u00eda o cont\u00e1ndonos que est\u00e1 al pendiente de mi vieja, y ella a su vez al pendiente suyo, que se cuidan mutuamente.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n est\u00e1 Jaime: un se\u00f1or de menos de sesenta a\u00f1os que sufre de una depresi\u00f3n profunda porque muri\u00f3 su madre y ni ahora logra desprenderse de ella. Era pianista. Lleva la barba de tres d\u00edas, el cabello desali\u00f1ado, pantalones de vestir, camisa y su\u00e9ter. Siempre est\u00e1 a las caiditas. Toda la guzguera que le llevamos a mi abuela, seguro terminar\u00e1 en sus manos. Ya sea que ella misma se las de o simplemente las olvide en una mesa, \u00e9l como las mascotas astutas est\u00e1 ah\u00ed para jambarse todo.<\/p>\n<p>Entre tanto aparente caos es un lugar pac\u00edfico. Muchos salen a la cochera, donde hay mesas y sillas y ah\u00ed pasan parte de las ma\u00f1anas y parte de las tardes. Algunos viejos ven la tele de la sala; otras se\u00f1oras tejen mientras se cuentan mutuamente las mismas an\u00e9cdotas de siempre; otro se\u00f1or que habita en su silla de ruedas implora todo el tiempo por su \u201cMarcia\u201d, una hija, sobrina o nieta que rara vez lo visita. Est\u00e1 Don Jes\u00fas, que siempre le encarga a uno mantecadas de la tienda. Tambi\u00e9n un se\u00f1or delgado que sale a la tienda todas las tardes por algo dulce. O los que no est\u00e1n tan perdidos y cada tarde se juntan a jugar domin\u00f3. Vive ah\u00ed tambi\u00e9n una interna que ayuda a preparar la comida.<\/p>\n<p>Algunos de los hombres ofrecen sus fortunas (diez, o veinte pesos) por manosear a alguna de las enfermeras o cuidadoras y estas los lidian o los torean con humor: \u201c\u00bfPara qu\u00e9 quiero eso, si ya ni sirve?, ya est\u00e1 todo guango\u201d.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>\u00a0<\/strong><strong>***<\/strong><\/p>\n<p>La primera vez que mi abuela no record\u00f3 mi nombre tuve que fingir que no me import\u00f3. \u201cSoy su Moy, acu\u00e9rdese\u201d, le dije. Todav\u00eda me reconoce a m\u00ed, pero ya ha olvidado a mis hermanos y a casi todos mis primos. Solo tiene en mente a quienes ve con cierta frecuencia. A sus hijas ya las confunde o mezcla de nuevo las realidades. Por ejemplo, le platica a mi mam\u00e1 acerca de mi mam\u00e1 como si fuera otra persona, al tiempo que sabe que es mi mam\u00e1. Hay lapsos de su vida que eligi\u00f3 olvidar por completo. Dice haber estado en otro lugar de la republica (vivi\u00f3 en Ju\u00e1rez, Tecate, Tepic, Navojoa) cuando muri\u00f3 mi abuelo. O incluso ha preguntado que si la dej\u00f3 y por eso no se enter\u00f3 de su funeral. Dice tener todav\u00eda ochenta a\u00f1os, cuando est\u00e1 por llegar a los ochentaisiete. \u00bfRecuerdan a mi t\u00eda la menor, nuestra villana de telenovela? Pues a ella ya la ha olvidado por completo.<\/p>\n<p>La televisi\u00f3n de su rec\u00e1mara lleva meses de estar apagada. No es que no funcione, es que a mi abuela ya no le interesa verla. Pese a haber pasado tardes enteras viendo telenovelas o pel\u00edculas mexicanas de \u00ednfima calidad en el Canal de las estrellas o en el extinto Galavisi\u00f3n (cine de los Almada, de Antonio Aguilar, Vicente Fern\u00e1ndez \u2013La ley del monte, su preferida\u2013 pero nunca de Cantinflas o Tint\u00e1n, porque le ca\u00edan gordos) ahora su entretenimiento es ver pasar gente por la calle, entretenimiento que ha sido fuertemente diluido por la epidemia del Coronavirus.<\/p>\n<p>Ante la llegada del Covid-19 y luego del anuncio de la etapa uno de la epidemia en el estado, prohibieron las visitas en el asilo hasta nuevo aviso. Los viejos pueden salir a la cochera, pero pusieron cintas de \u201cprecauci\u00f3n\u201d a dos metros de la reja para evitar contagios. Puede uno llevarles cosas (comida, su medicamento, o lo que les haga falta), pero no puede uno ingresar al lugar: se dejan por la reja, alguien las recoge con la debida distancia y firman de recibido, en caso de que sea algo de importancia.<\/p>\n<p>Mientras tanto, nosotros estamos medio recluidos en la casa, acatando lo mejor posible eso del distanciamiento social, al tiempo que esperamos que esta epidemia pase, que no golpee fuerte al asilo y que el virus no se lleve a mi abuela. Porque queremos volver a verla viva, aunque ya no nos recuerde.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; &nbsp; Mois\u00e9s Navarro &nbsp; Con la presente cr\u00f3nica inauguramos los Diarios de la Cuarentena, que en este espacio estaremos publicando de manera constante, intensa, primero porque responsablemente hemos tenido que suspender nuestras sesiones presenciales de los talleres, pero, por otro lado, porque hemos decidido no parar de relatar lo que cada uno vive, d\u00eda a d\u00eda, en este tema que es mundial. Aqu\u00ed dejaremos constancia de algunas de las muchas historias que se viven a prop\u00f3sito de la epidemia por el coronavirus. \u00a0 Dos veces hemos tenido que dejar a mi abuela en un asilo. Las dos dolieron lo mismo. 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