{"id":3570,"date":"2020-05-15T07:49:07","date_gmt":"2020-05-15T12:49:07","guid":{"rendered":"https:\/\/elhuevocojo.com\/?p=3570"},"modified":"2020-05-15T07:49:07","modified_gmt":"2020-05-15T12:49:07","slug":"por-aca-no-ha-venido-el-covid","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.elhuevocojo.com\/?p=3570","title":{"rendered":"Por ac\u00e1 no ha venido el COVID"},"content":{"rendered":"<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-3571\" src=\"https:\/\/www.elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/sincovid1.jpg\" alt=\"\" width=\"960\" height=\"338\" srcset=\"https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/sincovid1.jpg 960w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/sincovid1-300x106.jpg 300w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/sincovid1-768x270.jpg 768w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/sincovid1-640x225.jpg 640w\" sizes=\"auto, (max-width: 960px) 100vw, 960px\" \/>\u00a0<\/strong><\/p>\n<blockquote><p><strong>Hay lugares en los que la gente piensa que el coronavirus no existe. Y lo refuerza la idea de que lo que nadie ha visto es como si no existiera. As\u00ed pasa en esta peque\u00f1a comunidad al borde del lago de Chapala, a la que la autora nos lleva en esta caminata pausada y sin prisa, as\u00ed, como parece transcurrir la cuarentena.<\/strong><\/p><\/blockquote>\n<p><strong>\u00a0<\/strong><\/p>\n<p><strong>\u00a0<\/strong><\/p>\n<h4><strong>Mar\u00eda del Refugio Reynozo Medina<\/strong><\/h4>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Cuando era ni\u00f1a so\u00f1aba con cosas imposibles, como que temblara el mundo y se suspendieran las clases, se cayera el edificio y nos avisaran que no hab\u00eda escuela. En fin, que hubiera una orden desde muy arriba de no habr\u00eda clases. Pero no, ah\u00ed estaba todos los d\u00edas mi maestra Amparo, con sus zapatillas brillantes y su maquillaje perfecto, firme como un roble.<\/p>\n<p>Hoy ese descabellado sue\u00f1o est\u00e1 aqu\u00ed: no hay escuela, no hay clases y hace ya m\u00e1s de cuarenta d\u00edas que escuchamos la orden de recluirnos en nuestros hogares, algo que al principio son\u00f3 incre\u00edble. La sola idea de poder despertar sin prisas, tener tiempo para fundirme en un abrazo inmenso con mis peque\u00f1os, contemplar las plantas que florecen, tomar el caf\u00e9 a peque\u00f1os sorbos mientras hojeo p\u00e1ginas, fue extraordinaria. Pero no era gratuito, hab\u00eda un velo gris en el ambiente: un virus causaba devastaci\u00f3n en el mundo, cobraba la vida de miles en Italia y ven\u00eda hacia ac\u00e1.<\/p>\n<p>Comenc\u00e9 a estar pendiente de los avances de la epidemia, atenta a las voces oficiales; dejamos la ciudad para acudir a San Crist\u00f3bal Zapotitl\u00e1n, nuestro peque\u00f1o poblado natal. Fue como correr al auxilio de una madre en medio de una calamidad.<\/p>\n<p>El Subsecretario de salud, Hugo L\u00f3pez-Gatell, ha declarado que estamos en la fase tres y que la primera y segunda semana de mayo estaremos en el momento m\u00e1ximo de la epidemia. El 20 de abril el gobernador de Jalisco Enrique Alfaro anunci\u00f3 medidas dr\u00e1sticas para quien no atienda la consigna de quedarse en casa: multa, c\u00e1rcel y sometimiento a trav\u00e9s de la fuerza p\u00fablica a quien desacate las normas.<\/p>\n<p>Las medidas se recrudecen y aunque en un solo d\u00eda -el lunes 20 de abril- se registraron siete asesinatos en la zona metropolitana de Guadalajara, el punto ahora es el virus. Me supongo que ser\u00e1 m\u00e1s f\u00e1cil para la autoridad perseguir a un virus que se multiplica, que a miles de delincuentes que andan sueltos por ah\u00ed.<\/p>\n<p>El presidente municipal de Jocotepec recorre las calles en un veh\u00edculo oficial y vocea con un altavoz las medidas de higiene y recomendaciones para protegernos del coronavirus. Las patrullas del municipio se han concentrado en vigilar el uso del cubre bocas al ingreso de los pocos locales que contin\u00faan abiertos en el municipio y a restringir la presencia de las personas en las plazas p\u00fablicas y malecones de la laguna.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed en San Crist\u00f3bal se siguen procurando las reuniones familiares, la gente acude a la calle sin cubre bocas, se visitan, se congregan en las esquinas y aunque hay ley seca, no falta quien se las ingenia para conseguir un buen trago. En este lugar mucha gente mira con desd\u00e9n las recomendaciones, los vagos siguen por las noches haciendo esc\u00e1ndalo, se escucha m\u00fasica a altas horas y bullicio de convivencia. Alguien tom\u00f3 el video del Presidente Municipal y en lugar de las recomendaciones sanitarias, le encimaron al audio aquello de: \u201clleve cebolla, lleve aguacate, le traemos aguacate. Manzana, manzana delicia, le traemos uva, lleve pera, para la botana, arr\u00edmese a la pera, dos kilos por quince pesos, pl\u00e1tano, dos kilos de pl\u00e1tano por quince pesos\u201d.<\/p>\n<p>As\u00ed pasan los d\u00edas y mientras no se reporte un caso en la poblaci\u00f3n, el coronavirus sigue ah\u00ed en el inconsciente colectivo como la mala noticia de un lugar muy lejano.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">***<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Me ajusto a las medidas y salgo a la calle a lo cotidiano: a conseguir los v\u00edveres que se ofrecen al d\u00eda, las frutas, los b\u00e1sicos de abarrotes en la tiendita de la esquina, o a la puerta de la calle a comprar los art\u00edculos de limpieza a domicilio.<\/p>\n<p>El p\u00e1nico por el virus est\u00e1 ausente en el ambiente, desde ac\u00e1 no se logra dimensionar la magnitud de la pandemia, miro a los ni\u00f1os congregarse en las calles, jugar, correr. La vendedora de elotes se instala en la esquina y algunos compradores comen ah\u00ed, en la banqueta, conversando pegados uno del otro, mirando pasar la tarde. Cuando salgo a la calle guardo una distancia prudente y trato de seguir las instrucciones sanitarias.<\/p>\n<p>Por la tarde salimos a caminar, separados uno del otro por m\u00e1s de un metro, mi sobrino Luis y yo. Comenzamos a avanzar por la calle Vicente Guerrero, la calle del \u201cquinto infierno\u2019\u2019 dicen algunos (desconozco por qu\u00e9), que es una calle parecida a todas: polvorienta, con niveles irregulares, empedrada y con pocas banquetas. Afuera de una casa, un pegote de cemento a lo largo de toda la fachada luce con aspiraciones de las casas citadinas sentadas en pavimento. En la esquina hay una tienda, unos muchachos afuera sentados muy cerca unos de otros, bebiendo algo de sus vasos. Doblamos en la calle de la tortiller\u00eda, estrecha tambi\u00e9n y desigual.\u00a0 Luego tomamos la Zaragoza, la calle de acceso principal al pueblo, donde se instalan los negocios de comida, tambi\u00e9n donde paran los taxis que pueden trasladarte a Jocotepec; ah\u00ed la calle tiene pavimento y unos adornos con cemento de colores que la anterior administraci\u00f3n municipal los cobr\u00f3 a precio de oro.<\/p>\n<p>A esa hora, despu\u00e9s de las seis de la tarde en un d\u00eda laboral, se comienzan a ver algunos jornaleros que regresan del trabajo; caminan con desgano, con las ropas empolvadas y el semblante cansado. Una mujer viene con un envase de bebida cual premio alcanzado tras la dura jornada bajo el sol.<\/p>\n<p>Avanza el peque\u00f1o cami\u00f3n amarillo que trae a los trabajadores de los campos agr\u00edcolas y tras el grito de bajan, se detiene el cami\u00f3n y desciende un trabajador. El autob\u00fas sigue avanzando, los ocupantes no llevan cubre bocas y dentro no se observa la sana distancia, van unos veinte empleados de regreso a sus hogares. Parece que el coronavirus est\u00e1 muy lejos de ac\u00e1; alguien dice: aqu\u00ed solo est\u00e1 la corona\u2026 la corona que nos venden -bajita la mano- en d\u00edas de ley seca.<\/p>\n<p>Llegamos al crucero y atravesamos la carretera, el puesto de los tacos ya est\u00e1 listo, contagiando con su aroma de fritanga el ambiente, mientras se detiene un autob\u00fas de la l\u00ednea Mazamitla y bajan dos viajeros. Despu\u00e9s de unos veinte metros llegamos al camino que conduce a la rancher\u00eda de El sauz, que seg\u00fan el letrero en la carretera est\u00e1 a 4 kil\u00f3metros.<\/p>\n<p>Me pregunto qui\u00e9n trabaj\u00f3 en este camino. Las piedras est\u00e1n perfectamente acomodadas, una al lado de la otra embonando como un perfecto rompecabezas, cada una de ellas ha tomado un tono gris brillante casi negro, a fuerza del paso de las llantas, de los vastos veh\u00edculos que transitan de repente. Lo primero a nuestro paso es la granja de pollos a mano derecha: una gran edificaci\u00f3n blanca con unos tres m\u00f3dulos. A esta hora se percibe un aroma desagradable, como a qu\u00edmico, se escucha el uniforme cacareo de las gallinas y de vez en cuando un sonido grave, como de sirena.<\/p>\n<p>Al lado est\u00e1 una huerta de mangos con muchos a\u00f1os de existencia, al menos treinta y cinco en mi memoria. Se ve sola, hay un cancel que deja ver las filas de \u00e1rboles que en estos d\u00edas ya lucen llenas de los peque\u00f1os frutos; al fondo hay una casa que se ve vac\u00eda y un letrero que dice \u201cse vende\u201d. Recuerdo en mi adolescencia que la gente del pueblo venia ac\u00e1, en la temporada de mangos; era como entrar a un para\u00edso, porque mientras se concertaba el trato de compraventa, ya se pod\u00eda estar dando una mordida a uno de ellos; los contaban o los pesaban, era indistinto.<\/p>\n<p>Seguimos caminando, los pasos se van haciendo cada vez m\u00e1s pesados, el camino va en ascenso, escucho el sonido de mi coraz\u00f3n m\u00e1s agitado cada vez. Tomo aire y me giro media vuelta para ver la torre del templo que va quedando atr\u00e1s en medio del reflejo de la laguna, que a esta hora aparece azul y apacible. Hay una segunda granja con las mismas condiciones y el inconfundible aroma a qu\u00edmico.<\/p>\n<p>Son huevos podridos, dice mi acompa\u00f1ante. Adelante hay un olor a muerto: es un becerro que alguien arroj\u00f3 a la vera del camino. Creo que es el mismo que resguardamos hace d\u00edas, el que se sali\u00f3 del lienzo y casi en brazos y con empujones lo hicimos volver con su madre al corral. Antes, le acarici\u00e9 la cabeza, la frente y toqu\u00e9 su h\u00fameda nariz.<\/p>\n<p>Este camino es solitario, nos encontramos unos diez caminantes, cada quien concentrado en sus pasos, en los kil\u00f3metros recorridos. De pronto el ruido entre la yerba seca me hace girar la cabeza: una peque\u00f1a lagartija con su panza azul intenso se desliza por el cerco, otro animal que no alcanc\u00e9 a ver por la rapidez de sus movimientos, hace sonar las hojas secas de los arbustos. Me retiro un poco de la orilla y sigo mi paso.<\/p>\n<p>Fuera de los olores de las granjas de gallinas, se respira aqu\u00ed un aire limpio, que entra por la nariz y llena todo el cuerpo, los \u00fanicos sonidos son los de los motores de los autos que espor\u00e1dicamente pasan, y el canto de los p\u00e1jaros. \u00a0Ac\u00e1 seguro no llega el COVID.<\/p>\n<p>La vegetaci\u00f3n luce empolvada y seca hasta crujir. Los nopales llenos de espinas con las hojas exprimidas hasta las arrugas. Solo algunos pitayos se mantienen con los tallos robustos, levantando las ramas con sus dedos espinosos en consigna de amor y paz.<\/p>\n<p>A la mitad del camino hay una peque\u00f1a curva y luego un puente que es la se\u00f1al del lugar conocido por todos como \u201cLas tinajas\u201d, se trata de un conjunto de receptores naturales de agua, de rocas lisas que forman albercas una tras otra, como cascadas al ritmo del desnivel natural que empuja a recorrer cada una de ellas a modo de escalera. Est\u00e1n rodeadas por paredones lisos y resbalosos. En temporal de lluvias se llenan y el agua corre haciendo caer cascadas de l\u00edquido un poco turbio y helado. Todo un centro de esparcimiento natural para lanzarse un clavado. Por ahora nadie las visita, est\u00e1n secas. Justo delante de las tinajas est\u00e1 la cruz de mi entra\u00f1able Juan, el <em>Camuca<\/em>. Dice la cruz: \u201cJuan Manuel Cuevas Franco del 24 de dic. Al 14 de septiembre de 2008\u201d. Es de m\u00e1rmol blanco, en un peque\u00f1o nicho con dos macetas a los lados que lucen un par de flores de tela descoloridas, a un lado hay una corona de Cristo, esa planta llena de espinas que resiste las secas y en medio de la aridez luce sus flores de un rojo encendido. Est\u00e1 ah\u00ed para la memoria, para el recuerdo de una tr\u00e1gica madrugada lluviosa en la que le arrebataron la vida. Dolorosa historia que cabe en otra p\u00e1gina.<\/p>\n<p>A 15 minutos est\u00e1 nuestra meta: el ingreso a la comunidad de El sauz. Una imagen de San Isidro Labrador incrustada en una roca da la bienvenida al lugar, al que tampoco parece haber llegado el coronavirus.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; \u00a0 Hay lugares en los que la gente piensa que el coronavirus no existe. Y lo refuerza la idea de que lo que nadie ha visto es como si no existiera. As\u00ed pasa en esta peque\u00f1a comunidad al borde del lago de Chapala, a la que la autora nos lleva en esta caminata pausada y sin prisa, as\u00ed, como parece transcurrir la cuarentena. \u00a0 \u00a0 Mar\u00eda del Refugio Reynozo Medina &nbsp; Cuando era ni\u00f1a so\u00f1aba con cosas imposibles, como que temblara el mundo y se suspendieran las clases, se cayera el edificio y nos avisaran que no hab\u00eda escuela. En fin, que hubiera una orden desde muy arriba de no habr\u00eda clases. 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