{"id":3795,"date":"2020-10-21T16:21:20","date_gmt":"2020-10-21T21:21:20","guid":{"rendered":"https:\/\/elhuevocojo.com\/?p=3795"},"modified":"2020-10-21T16:21:20","modified_gmt":"2020-10-21T21:21:20","slug":"hillborito-mi-amor","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.elhuevocojo.com\/?p=3795","title":{"rendered":"Hillborito mi amor"},"content":{"rendered":"<p><strong><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-3796\" src=\"https:\/\/www.elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/10\/Hillsboro.jpg\" alt=\"\" width=\"1000\" height=\"749\" srcset=\"https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/10\/Hillsboro.jpg 1000w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/10\/Hillsboro-300x225.jpg 300w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/10\/Hillsboro-768x575.jpg 768w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/10\/Hillsboro-640x479.jpg 640w\" sizes=\"auto, (max-width: 1000px) 100vw, 1000px\" \/>\u00a0<\/strong><\/p>\n<blockquote><p><strong>Por razones que no viene al caso exponer aqu\u00ed, la autora de la presente cr\u00f3nica tuvo que abandonar Guadalajara para irse a vivir a Hillsboro, de manera que nos cuenta algunas cosas de all\u00e1 e, inevitablemente, recuerda muchas de las de ac\u00e1. Como la lluvia, por ejemplo. <\/strong><\/p><\/blockquote>\n<p><em>\u00a0<\/em><\/p>\n<p><em>\u00a0<\/em><em>\u00a0<\/em><\/p>\n<h4><em>Eunice Garc\u00eda<\/em><\/h4>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Para llegar a Hillsboro hay que resistir cinco horas de encierro en un avi\u00f3n guajolotero. Comprimirse, acomodar los encargos en el piso (roscas, quesos, conchitas, bolillos\u2026) y cederle el lugar en el pasillo a la se\u00f1ora que ya est\u00e1 muy mayor y que necesita ir numerosas veces al ba\u00f1o.<\/p>\n<p>Uno puede dormir arrullado por el llanto de los ni\u00f1os, o leer un poco, o cuestionarse la necesidad de ir y venir. El avi\u00f3n aterriza en Portland, casa de gente bien importante como Matt Groening (el de los Simpsons) o Chuck Palahniuk. Lo m\u00e1s prudente es alejarse de la ciudad llena de <em>homeless<\/em>, <em>h\u00edpsters<\/em>, artistas y veganos, y emprender r\u00e1pidamente el rumbo hacia Hillsboro. Bien podr\u00eda ser en tren (o el Max) pero habr\u00eda que sortear de nuevo a los vagabundos con sus mochilas grandes y sus olores de mundo. Resulta pues m\u00e1s prudente tomar un Uber y cerrar los ojos mientras alg\u00fan muchacho africano maneja a toda velocidad. Atravesar la 26, el t\u00fanel, pasar Beaverton. Hospitales para ni\u00f1os con c\u00e1ncer, el zool\u00f3gico. Finalmente, la salida 61 A huele a casa. Aparece Hillsboro en toda su calma. Ciudad peque\u00f1a, de ingenieros y migrantes, donde la computaci\u00f3n y la pisca de <em>berries <\/em>dan casa y sustento a m\u00e1s de 100 mil personas.<\/p>\n<p>Por las ma\u00f1anas Hillsboro se llena de gente de Portland y zonas aleda\u00f1as. Se les ve hacer fila en <em>drive thru<\/em> de los miles de Starbucks y McDonalds. Se dirigen sin prisa a las f\u00e1bricas y oficinas. Poca gente camina por las calles y uno que otra bicicleta se asoma. No conozco las tardes de Hillsboro, solo se del d\u00eda que se asoma en la ventana. La gente vuelve a sus casas a eso de las cinco. Se llenan las calles de tr\u00e1fico y de clientes <em>La gualmar<\/em>. Dependiendo de la estaci\u00f3n del a\u00f1o pueden ser las seis de la tarde o las seis de la noche.<\/p>\n<p><strong>***<\/strong><\/p>\n<p>Hay veces en las que la lluvia dura todo el d\u00eda. A veces gotas peque\u00f1as, casi imperceptibles. A veces pesadas. Llueve y nunca a c\u00e1ntaros. No me gusta esta lluvia. Prefiero la lluvia tapat\u00eda, gorda y desparpajada, que pasa inund\u00e1ndolo todo. Lluvia que convierte en aventura (o pesadilla) el d\u00eda.<\/p>\n<p>Cuando llueve en Guadalajara, los olores cambian, las gotas llevan ruido y, con suerte, dos o tres ranas cantan. La gente corre en la calle buscando refugio. Antes de que se ahoguen las calles, antes del primer choque, antes de que la ropa limpia y tendida al sol quede empapada.<\/p>\n<p>La lluvia de Hillsboro es silenciosa. Comienza antes del amanecer y se estira, perezosa, durante el d\u00eda. El cielo triste y gris la acompa\u00f1a. Nubes sin gracia que se empe\u00f1an en ocultar el poco sol que habita la ciudad. Llueve y se siente en los huesos. Un fr\u00edo extra\u00f1o que se aferra a la piel y una humedad penosa que se estanca en la nariz. La ciudad, empapada, conserva su olor: pastoso y ajeno. Extranjero. Tan distinto al aroma al que se le canta en Guadalajara.<\/p>\n<p>En Hillsboro poca gente usa sombrilla. Caminan indiferentes al agua, apenas levantando la mirada. Una rutina aprendida con los d\u00edas, las semanas y los meses que acompa\u00f1an la lluvia. Aqu\u00ed, como en Macondo, llueve en un solo tono. Da igual que la lluvia caiga en la ma\u00f1ana o en la noche. La misma cortinilla h\u00fameda cae como<em>\u00a0si ni fuera a escampar nunca.\u00a0<\/em>Aparece entonces el verde, borrando a su paso los tintes muertos del invierno. Los narcisos llegan, blancos, amarillos, como huevos estrellados que se antojan en las ma\u00f1anas m\u00e1s tristes.<\/p>\n<p>En Hillsboro las calles no se inundan. No se forman r\u00edos como en Guadalajara. Aquellos r\u00edos que arrastran igual barquitos de papel, o gente, o basura. La ciudad se queda igual que siempre, quieta y silenciosa. Un poco m\u00e1s gris que los d\u00edas de verano, un poco menos triste que los d\u00edas de invierno.<\/p>\n<p>La lluvia de Hillsboro va regando las semillas de los recuerdos tristes y florece la nostalgia. Van trepando por dentro entre suspiros y morri\u00f1as. Inundan la cabeza. El color mortecino de las nubes se encharca en los ojos. Como cataratas viejas y gruesas que impiden ver m\u00e1s all\u00e1 de las pesta\u00f1as.<\/p>\n<p>A los p\u00e1jaros si les gusta la lluvia. Los he visto ba\u00f1arse y remover el suelo espeso buscando comida. Poco parece importarles ese vaho continuo que empa\u00f1a las ganas de salir. A los gatos no. Los gatos, al igual que yo, pierden los ojos en la ventana, hambrientos de sol y calor. Se aventuran a veces, solo para regresar con las patas empapadas. Se entretienen en lamerse el pelaje, como queriendo limpiar el fastidio.<\/p>\n<p>En Guadalajara se espera con cierta paciencia a que la lluvia pase. Uno aprende a mirar las nubes y saber cu\u00e1les son las que est\u00e1n llenas de agua, las que van de paso, las que llegan con el fr\u00edo. Aqu\u00ed las nubes mienten. Pasan a veces por lo bajito, dejando apenas unas gotas sobre la ventana. De golpe, se extienden en el cielo cual alfombra y se apoderan del d\u00eda.\u00a0 Habr\u00e1 entonces que resignarse, cambiar los zapatos por las botas y esperar, muy tristes, a que el verano llegue.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u00a0 Por razones que no viene al caso exponer aqu\u00ed, la autora de la presente cr\u00f3nica tuvo que abandonar Guadalajara para irse a vivir a Hillsboro, de manera que nos cuenta algunas cosas de all\u00e1 e, inevitablemente, recuerda muchas de las de ac\u00e1. Como la lluvia, por ejemplo. \u00a0 \u00a0\u00a0 Eunice Garc\u00eda &nbsp; Para llegar a Hillsboro hay que resistir cinco horas de encierro en un avi\u00f3n guajolotero. Comprimirse, acomodar los encargos en el piso (roscas, quesos, conchitas, bolillos\u2026) y cederle el lugar en el pasillo a la se\u00f1ora que ya est\u00e1 muy mayor y que necesita ir numerosas veces al ba\u00f1o. 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