{"id":3835,"date":"2020-12-16T19:51:30","date_gmt":"2020-12-17T01:51:30","guid":{"rendered":"https:\/\/elhuevocojo.com\/?p=3835"},"modified":"2020-12-16T19:51:30","modified_gmt":"2020-12-17T01:51:30","slug":"felicidad-en-la-nieve-la-cronica-de-una-esperanza-pequena-y-pura-que-no-muere","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.elhuevocojo.com\/?p=3835","title":{"rendered":"Felicidad en la nieve. La cr\u00f3nica de una esperanza peque\u00f1a y pura que no muere"},"content":{"rendered":"<p><strong><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-3836\" src=\"https:\/\/www.elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/12\/nevada-siglo.jpg\" alt=\"\" width=\"1200\" height=\"683\" srcset=\"https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/12\/nevada-siglo.jpg 1200w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/12\/nevada-siglo-300x171.jpg 300w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/12\/nevada-siglo-1024x583.jpg 1024w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/12\/nevada-siglo-768x437.jpg 768w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2020\/12\/nevada-siglo-640x364.jpg 640w\" sizes=\"auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px\" \/>\u00a0<\/strong><\/p>\n<blockquote><p><em>A prop\u00f3sito de que hace unos d\u00edas se cumplieran veintitr\u00e9s a\u00f1os de aquella nevada hist\u00f3rica sobre la ciudad de Guadalajara, la autora recuerda y a\u00f1ora aquel d\u00eda, entreg\u00e1ndonos una cr\u00f3nica de c\u00f3mo fue que lo vivi\u00f3, pero, sobre todo, lo mucho que a\u00f1ora cada a\u00f1o que se vuelva a dar ese poco frecuente fen\u00f3meno.<\/em><\/p><\/blockquote>\n<p><em>\u00a0<\/em><\/p>\n<h4>Minerva Mendoza<\/h4>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La ma\u00f1ana del 13 de diciembre de 1997 conoc\u00ed la nieve; la vi caer como velito de novia del cielo al pavimento del estacionamiento del cotito en donde vivo en la colonia Atlas. La vi por la ventana de mi cuarto, el mismo que compart\u00eda con mi hermana, el mismo desde donde ahora escribo. Vane, mi hermana, me hab\u00eda dicho, \u201cMine, Mine, est\u00e1 nevando\u201d, y por un momento, no entend\u00ed lo que ella me dec\u00eda porque, ya se sabe, aqu\u00ed en Guadalajara no nieva, aunque s\u00ed hab\u00eda pasado antes: el 8 de febrero de 1881.<\/p>\n<p><em>Desde ese d\u00eda, cada diciembre, hay un anhelo y una esperanza de que caiga nieve otra vez en mi ciudad. La cuenta de los a\u00f1os me dice que vamos en el 2020, dej\u00e9 de ser novia del padre de mi hijo, me gradu\u00e9 de letras, me enamor\u00e9 del Innombrable (qu\u00e9 desgracia), lo dej\u00e9, conoc\u00ed y am\u00e9 al Bienamado, nos dejamos, dej\u00e9 de ser secretaria, me puse a dar clases y a corregir libros\u2026 todo mientras el hijo m\u00edo, el que tomaba alma, sangre, carne, piel y hueso en mi cuerpo en diciembre de 1997, naci\u00f3, creci\u00f3 y cumpli\u00f3 22 a\u00f1os, y en Guadalajara, sigue sin nevar.<\/em><\/p>\n<p>S\u00ed, ca\u00eda nieve, y mi hermana y yo est\u00e1bamos maravilladas y felices, \u201cVamos a buscar tamales\u201d, creo que le dije. Ahora, en la distancia del tiempo, comprendo que yo sab\u00eda que los tamales se preparan de d\u00eda para venderlos por la tarde noche, sab\u00eda que no encontrar\u00edamos tamales, pero busc\u00e1ndolos, tendr\u00edamos oportunidad de andar por las calles, de andar y andar por nuestra colonia. Yo estaba embarazada, (mi hijo nacer\u00eda en junio del a\u00f1o siguiente) y si algo bueno hab\u00eda en eso del embarazo (ah\u00ed disculpe la connotaci\u00f3n de la queja), eso era que nadie pod\u00eda decirme que no hab\u00eda tamales sin antes intentar encontrarlos, (pero esto no es cierto, no recuerdo haberme permitido el capricho de pedir el cumplimento del antojo, me sent\u00eda demasiado culpable, pero d\u00e9jeme creer que lo dije porque sabr\u00eda que me dir\u00edan que s\u00ed). Mi hermana me tom\u00f3 la palabra y nos pusimos apenas unas cuantas prendas contra el fr\u00edo, o unas cuantas prendas para guardar el calor, (seg\u00fan como lo quiera ver, usted sabe: una no entra en calor, el calor se guarda, el propio, el del cuerpo). As\u00ed, con mi pants y supongo que mis tenis, mis 19 a\u00f1os y mi embarazo de tres meses entrados a cuatro bien puestos, sal\u00ed junto con mi hermana a dizque buscar tamales.<\/p>\n<p><em>Mi esperanza de la nieve y de su fr\u00edo no pasa, como no pasa la inquietud de que cada 13 de diciembre las y los que vimos la nieve la recordemos y, a lo mejor, la esperemos. M\u00e1s all\u00e1 de que la vida me pase y yo pase por ella, hay, creo, peque\u00f1as esperanzas que no se me mueren.<\/em><\/p>\n<p>Salimos a la calle, dirigimos los pasos a donde podr\u00eda haber tamales, a tres o cuatro puntos de la colonia Atlas. Bien pudimos haber dicho: \u201cSalgamos a vivir la nieve\u201d, pero \u00e9ramos algo ingenuas y la vida nos hab\u00eda ense\u00f1ado \u2014a ambas\u2014 a inventar justificaciones para poder ser felices, como si la b\u00fasqueda de nuestro gozo, que no da\u00f1aba a los dem\u00e1s, necesitara ser justificada. Cargadas con nuestro pretexto, anduvimos tal vez una o dos horas en la calle, o m\u00e1s, (espero que haya sido mucho m\u00e1s, dir\u00e9 que s\u00ed, que fue todo el d\u00eda, aunque esto tampoco sea tan cierto); no lo recuerdo porque en realidad no me fui viendo la hora y porque el tiempo, bajo la nieve, con el fr\u00edo, cambi\u00f3 de velocidad y de ritmo, pero supongo que la medida del tiempo nos fue dada, para salvaguardarnos, a trav\u00e9s de la cantidad de agua que pod\u00eda guardar nuestra ropa, que no era impermeable, y por esa sensaci\u00f3n de enfriamiento que aumentaba, lenta, pero constante por nuestro cuerpo.<\/p>\n<p>Entramos en la nieve, creo, felices, como ha de sentirse entrar al cielo (yo soy creyente, disc\u00falpeme la imagen). Qu\u00e9 felicidad aquella, viera usted, qu\u00e9 alegr\u00eda; era como ir iluminado con cientos de foquitos de colores por dentro. Qu\u00e9 importaba que por fuera uno sintiera que podr\u00eda morir de fr\u00edo, qu\u00e9 importaba que se nos fugara el calor a cada copito que se derret\u00eda sobre nosotras, qu\u00e9 importaba nada, que yo estuviera embarazada, que acabara de cumplir 19 a\u00f1os, que no me hubiera querido casar y que, contra todas las convenciones, hubiera decidido ser madre soltera, seguir trabajando y ponerme a estudiar, qu\u00e9 importaba nada, ca\u00eda nieve en mi ciudad.<\/p>\n<p><em>Yo tengo esperanzas peque\u00f1as y grandes, fantasiosas y realistas, puras y corrompidas. Esta, de que caiga nieve en mi ciudad, es peque\u00f1a y pura, danza entre la realidad y la fantas\u00eda, y en m\u00ed, vive tranquila, incorrompible y serena. No es la nieve la que espero, yo lo s\u00e9, mis esperanzas siempre son otra cosa, pero prefiero no tocarla demasiado con el pensamiento, ni evocarla de forma gratuita; la dejo que se duerma todo el a\u00f1o para que, cada diciembre, yo me la traiga a pasear por una ma\u00f1ana, de alg\u00fan frente fr\u00edo extraviado que ande de visita por ac\u00e1, por una de esas ma\u00f1anas por la que se me ande fugando el calor del cuerpo mientras se me enciende, c\u00e1lido y color tul de novia, el recuerdo de la nieve que no cae. Se acab\u00f3 la d\u00e9cada, el siglo XX, el segundo milenio, y este diciembre en que se nos va la segunda d\u00e9cada del nuevo siglo, en mi ciudad sigue sin caer nieve; con todo, yo la espero como a un milagro imposible, pero probable (\u00bfo cree usted que sea al rev\u00e9s, improbable, pero posible?), la espero aunque de milagroso tenga poco o nada.<\/em><\/p>\n<p>No recuerdo los rostros que seguramente vimos, las calles por las que anduvieron nuestros ojos y nuestros pies, ni las palabras que nos fuimos regalando en el camino, pero lo que no olvido son nuestros cuerpos mojados y nuestras sonrisas, nuestra felicidad. As\u00ed, felices, mi hermana y yo regresamos tambi\u00e9n empapadas y fr\u00edas a la casa; el calor del cuerpo se nos hab\u00eda fugado y hab\u00eda decidido quedarse all\u00e1, en las calles de mi colonia. Llegamos heladas, nos cambiamos de ropa, nos dispusimos a entrar en calor (me gusta recordarnos con una taza de chocolate caliente en las manos y pan, pero tal vez esto tampoco sea cierto). A los d\u00edas me enferm\u00e9, tuve una tos terrible y seca que viv\u00ed sin jarabes ni analg\u00e9sicos, y a m\u00ed me pareci\u00f3 justo pagar con una tos semejante aquella alegr\u00eda, una tos por un milagro; qu\u00e9 precio tan bajito, pienso, me result\u00f3 aquello.<\/p>\n<p><em>Mi esperanza, esta tan peque\u00f1a y pura, es una de las m\u00e1s duraderas y sencillas (tal vez la \u00fanica), y consiste en que un d\u00eda de un invierno cualquiera, antes de que se me acabe la vida, abra los ojos al despertarme, me asome por la ventana de mi cuarto y vea que nieva, que otra vez cae nieve en mi ciudad, para entonces, salir bien dispuesta a buscar tamales imposibles, mientras se me fuga el calor del cuerpo y se me vienen derritiendo encima los copitos de nieve, los cuales, yo me ir\u00e9 pensando, feliz, que as\u00ed han de sentirse los besos que a uno le dan cuando entra al cielo.<\/em><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u00a0 A prop\u00f3sito de que hace unos d\u00edas se cumplieran veintitr\u00e9s a\u00f1os de aquella nevada hist\u00f3rica sobre la ciudad de Guadalajara, la autora recuerda y a\u00f1ora aquel d\u00eda, entreg\u00e1ndonos una cr\u00f3nica de c\u00f3mo fue que lo vivi\u00f3, pero, sobre todo, lo mucho que a\u00f1ora cada a\u00f1o que se vuelva a dar ese poco frecuente fen\u00f3meno. \u00a0 Minerva Mendoza &nbsp; La ma\u00f1ana del 13 de diciembre de 1997 conoc\u00ed la nieve; la vi caer como velito de novia del cielo al pavimento del estacionamiento del cotito en donde vivo en la colonia Atlas. 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