{"id":3869,"date":"2021-02-05T00:36:11","date_gmt":"2021-02-05T06:36:11","guid":{"rendered":"https:\/\/elhuevocojo.com\/?p=3869"},"modified":"2021-02-05T17:33:46","modified_gmt":"2021-02-05T23:33:46","slug":"yo-tambien-sali-con-el-tio-gamboin","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.elhuevocojo.com\/?p=3869","title":{"rendered":"Yo tambi\u00e9n sal\u00ed con el T\u00edo Gambo\u00edn"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/www.elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2021\/02\/kitt-turo-2.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"wp-image-3870 aligncenter\" src=\"https:\/\/www.elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2021\/02\/kitt-turo-2-1024x497.jpg\" alt=\"\" width=\"569\" height=\"276\" srcset=\"https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2021\/02\/kitt-turo-2-1024x497.jpg 1024w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2021\/02\/kitt-turo-2-300x146.jpg 300w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2021\/02\/kitt-turo-2-768x373.jpg 768w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2021\/02\/kitt-turo-2-640x311.jpg 640w, https:\/\/elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2021\/02\/kitt-turo-2.jpg 1200w\" sizes=\"auto, (max-width: 569px) 100vw, 569px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<blockquote><p>El autor de la siguiente cr\u00f3nica logra reconstruir un pasaje de su infancia a todas luces escalofriante. Lo que leemos podr\u00eda ser un cuento terror\u00edfico, pero desgraciadamente no es ficci\u00f3n. Y luego de leerlo quiz\u00e1 nos surgen m\u00e1s preguntas que respuestas, mismas que ni el propio protagonista est\u00e1 seguro de haber completado, con los pocos retazos que intenta unir en su memoria y con los que le prestan algunos que fueron testigos.<\/p><\/blockquote>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h4>Israel Pi\u00f1a<\/h4>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>S\u00ed, yo tambi\u00e9n fui de los que aparec\u00ed en televisi\u00f3n con el T\u00edo Gambo\u00edn\u2026 pero por motivos desdichados. Cuando M\u00e9xico no era el lugar de los desaparecidos y de las fosas clandestinas, los ni\u00f1os habit\u00e1bamos las calles sin tanta paranoia. En ese pa\u00eds que no es m\u00e1s, los menores sol\u00edan hacer los mandados de la casa. \u201cVe por un kilo de esto, compra un paquete de lo otro; uy, se me olvid\u00f3 aquello, regr\u00e9sate\u201d \u2026 Yo ten\u00eda ese papel en casa y lo desempe\u00f1aba con regocijo, pues me mov\u00eda mi avaricia infantil: siempre me apropiaba del dinero sobrante para gastarlo en lo que se me viniera en gana. Una especie de propina. As\u00ed funcionaron las cosas ese d\u00eda, o por lo menos las recuerdo de ese modo o las he reconstruido as\u00ed, con la escasa ayuda de mi familia.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Est\u00e1bamos reunidos alrededor de mi abuela. Era una fiesta dominical. Todos celebr\u00e1bamos que ella hab\u00eda comprado un terreno con unos cuartos horribles todav\u00eda en obras. Faltaban unas Cocas para completar y me enviaron a La Casa Blanca. Parece un mote facil\u00f3n para una tienda, pero el color claro de sus muros contrastaba con el caf\u00e9 de las construcciones de adobe que a\u00fan dominaban el paisaje del pueblo de Santiago, al norte de la zona metropolitana de la Ciudad de M\u00e9xico. Alguien me entreg\u00f3 unos cuantos cascos de vidrio en una bolsa de mandado, de esas que eran de pl\u00e1stico de varios colores y que te regalaba el carnicero, el verdulero o el de la poller\u00eda cada fin de a\u00f1o.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Diligente, a pesar de mi cuerpo de seis a\u00f1os, me enfil\u00e9 a la calle Morelos. Hice la compra, guard\u00e9 las botellas retornables, baj\u00e9 la bolsa al piso con suavidad y la recargu\u00e9 en un costado de la maquinita de videojuegos. Me situ\u00e9 frente a la pantalla, deposit\u00e9 una moneda dorada de 100 pesos \u2014de los antiguos, con Venustiano Carranza al frente\u2014 y me dispuse a comer puntitos con Pac-Man y a huir de los fantasmas amenazantes en el laberinto. Gracias a este instante cobraba sentido mi papel de comisionado dom\u00e9stico. No s\u00e9 ahora \u2014y seguramente entonces tampoco supe\u2014 cu\u00e1nto tiempo estuve ah\u00ed parado. Qui\u00e9n sabe, no es lo importante. Lo relevante es que de la nada apareci\u00f3 Kitt, el auto incre\u00edble. En la calle, no en la pantalla. Frente a la tienda: ah\u00ed estaba estacionado.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Yo era seguidor de esa serie gringa ochentera, me parec\u00eda fascinante que un autom\u00f3vil hablara. De Kitt no baj\u00f3 Michael, el protagonista, sino un se\u00f1or delgado, moreno, con bigote canoso y cabello m\u00e1s largo del que llev\u00e1bamos los ni\u00f1os en la escuela. Pero era Kitt, estaba seguro: el carro negro con los faros levantados. Lo mir\u00e9 con detenimiento y sin disimulo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>\u2014\u00bfTe gusta? \u00bfQuieres verlo por dentro? As\u00f3mate\u2014, dijo el hombre.<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, mucho\u2014, respond\u00ed y met\u00ed la cabeza por la ventana.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>El Michael mexicano subi\u00f3 al carro y lo encendi\u00f3. Para m\u00ed fue una revelaci\u00f3n, la confirmaci\u00f3n de que efectivamente estaba yo frente a Kitt. En el tablero hab\u00eda luces verdes. Nunca hab\u00eda visto algo as\u00ed en mi vida, mi experiencia m\u00e1s suntuosa era viajar en un vochito a medio pintar.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNo te quieres subir? \u2014, pregunt\u00f3 con el tono de invitaci\u00f3n que se usa en esos casos.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>No era yo un est\u00fapido para rechazarlo. No iba a decir que no. Estaba en el pico m\u00e1s alto del encanto cuando el sujeto sac\u00f3 otra carta seductora: me asegur\u00f3 que conoc\u00eda unas maquinitas a colores y pod\u00eda llevarme si yo quer\u00eda. Para entonces yo solamente hab\u00eda gastado mis monedas en videojuegos en blanco y negro; las de colores se ve\u00edan nada m\u00e1s en las pel\u00edculas de Estados Unidos. Yo y todo mi bagaje cultural proveniente del norte viajamos en Kitt en busca de las pantallas a color. Atr\u00e1s, olvidados, quedaron los refrescos y Pac-Man en blanco y negro. Pasaron horas y nosotros solamente dimos vueltas por la Ciudad de M\u00e9xico, que entonces se llamaba Distrito Federal. Puedo afirmar que fueron horas porque lleg\u00f3 la noche, pero nosotros nunca a las maquinitas prometidas. \u201c\u00bfYa mero? \u00bfYa vamos a llegar?\u201d, insist\u00ed muchas veces, cada vez m\u00e1s descorazonado. Mi edad, la vida de entonces, las costumbres familiares o qu\u00e9 s\u00e9 yo, no me pusieron alerta. Mi \u00fanico af\u00e1n era jugar Pac-Man a todo color.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Nunca jugu\u00e9. Jam\u00e1s llegamos. No hubo nada. El carro se detuvo frente a un port\u00f3n que el Michael mexicano toc\u00f3. Una mujer sali\u00f3. No recuerdo c\u00f3mo era ni su edad aproximada, apenas conservo su silueta desdibujada en mi memoria. En menos de un minuto yo ya estaba dentro de esa vivienda. \u00c9sta ten\u00eda una serie de cuartos organizados en un costado y a lo largo, cuyas puertas daban a un patio ligeramente angosto pero prolongado. La se\u00f1ora me puso en una de las habitaciones y cerr\u00f3 la puerta. M\u00e1s tarde volvi\u00f3 con platos de enfrijoladas. Eran para m\u00ed y para los varios ni\u00f1os que estaban conmigo. Porque no era el \u00fanico ah\u00ed metido. Cinco, ocho, no s\u00e9 exactamente, pero no m\u00e1s de diez. Hab\u00eda algunas literas para dormir y una televisi\u00f3n en uno de los costados, que en ese momento estaba encendida. Casi nadie lloraba, si acaso alguien sollozaba de a ratos. Nadie gritaba. Yo no ten\u00eda miedo, o al menos no que yo recuerde. Estaba desorientado, eso s\u00ed. No entend\u00eda lo que me estaba ocurriendo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Al siguiente d\u00eda nos sacaron a todos al patio para jugar con bicicletas, patinetas y avalanchas. Y luego otra vez al cuarto. No hubo golpes ni maltratos o probablemente quiero creer que as\u00ed fue. Pero no est\u00e1n en mi yo consciente. Ni soy tampoco capaz de evocar ni con m\u00ednima claridad c\u00f3mo transcurrieron los siguientes d\u00edas. Porque fueron d\u00edas, aunque para m\u00ed ahora sean solo un conjunto de instantes amarillentos y amontonados. Nunca supe el nombre de los otros ni\u00f1os o si los supe los he olvidado. Eran todos de una edad similar a la m\u00eda, de eso estoy seguro. Cuando uno es ni\u00f1o cualquier diferencia de edad se siente abismal, los mayores son muy mayores y a la inversa, aunque haya \u00fanicamente cinco cent\u00edmetros de por medio. Todos est\u00e1bamos sucios, no nos ba\u00f1\u00e1bamos, de todos modos, a m\u00ed ni me gustaba.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Una tarde, cuando jug\u00e1bamos en el patio, vi que la mujer sal\u00eda de la casa por el port\u00f3n por el que yo hab\u00eda entrado. De esto s\u00ed me acuerdo con precisi\u00f3n. Ella se fue, repito. Lo hizo con descuido. Yo mir\u00e9 hacia la puerta en ese instante exacto y me di cuenta de que la cerradura no dio toda la vuelta. Tengo la imagen fija de la puerta como un close-up de cine. Esper\u00e9 un poco, confirm\u00e9 que la mujer no estuviera a la vista y sal\u00ed corriendo&#8230;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>No: corr\u00ed, pero no escap\u00e9. Al menos no era esa mi intenci\u00f3n. Yo sab\u00eda que la calle estaba formada en una pendiente y que pod\u00eda lanzarme desde lo alto en la avalancha, el veh\u00edculo infantil que m\u00e1s apreciaba. Lo hice, no s\u00e9 si una o varias veces. El sentido com\u00fan me dice que fue una sola vez o de lo contrario me habr\u00edan sorprendido. Pero no me pillaron. Cuando estaba en la calle, sucedi\u00f3 lo m\u00e1s altamente improbable y absurdo que pod\u00eda ocurrir: Carmela, la mujer que ayudaba con los quehaceres en la casa de mi t\u00eda Candelaria, pasaba por ah\u00ed en ese preciso instante.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Israel! \u00bfQu\u00e9 haces aqu\u00ed? \u2014, grit\u00f3 Carmela con una mezcla de miedo y sorpresa.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Recuerdo que me tom\u00f3 de la mano y caminamos a prisa. Adi\u00f3s avalancha. Yo no entend\u00eda por qu\u00e9 tanto apuro. Luego tomamos un taxi, un vochito, creo que de los amarillos, que nos llev\u00f3 hasta donde mi t\u00eda Cande, como le dec\u00edamos de cari\u00f1o. Lo que sigue fue vertiginoso. Carmela cuchicheando con mi t\u00eda. Mi t\u00eda llorando. Yo ba\u00f1\u00e1ndome. Ropa limpia. Una llamada a no s\u00e9 qui\u00e9n porque en casa de mi abuela, con quien yo viv\u00eda, no ten\u00edamos tel\u00e9fono. Mi abuela y mi madre llegaron m\u00e1s tarde, las dos lloraron y me abrazaron. Con ellas vinieron mis otras t\u00edas y mis t\u00edos. En mi familia pocas veces lloraban, por lo que engord\u00f3 mi desconcierto. Sin querer montaron otra reuni\u00f3n familiar, pero esta era un revoltijo de emociones para m\u00ed incomprensibles. Un real desbarajuste.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Mi familia toc\u00f3 muy poco el tema en los siguientes a\u00f1os. Pero cuando crec\u00ed un poco, alrededor de los 10 u 11, vinieron mis preguntas y pude nombrar lo que hab\u00eda pasado. Me perd\u00ed o, mejor dicho, me robaron, me rob\u00f3 el hombre de Kitt, el auto incre\u00edble, que obviamente ya no era m\u00e1s Kitt para m\u00ed. \u00bfCu\u00e1ntos d\u00edas estuve ausente? Fue una semana exacta, de domingo a domingo. \u00bfEn d\u00f3nde me encontr\u00f3 Carmela? En la colonia Cerro Prieto, al oriente de la capital, cerca del aeropuerto. \u00bfQu\u00e9 pas\u00f3 con los otros ni\u00f1os? Nadie supo. \u00bfQu\u00e9 hay de Carmela? Ella viv\u00eda en la misma colonia donde me encontr\u00f3. Demasiada casualidad, \u00bfno? Cierto, yo me sal\u00ed de la casa donde me ten\u00edan porque vi la oportunidad, pero incluso a m\u00ed me parece una coincidencia remot\u00edsima lo de Carmela, que no puedo evitar construir mis sospechas. \u00bfO Dios \u2014si acaso existe\u2014 estaba muy de buenas ese d\u00eda como para ponerla en el lugar preciso? \u00bfO de plano a Dios se le ocurri\u00f3 existir ese d\u00eda y hacer una buena obra? \u00bfDenunciaron todo a la polic\u00eda? No. \u00bfPor qu\u00e9? \u00bfPensaron en los otros menores? Silencio. Nadie nunca respondi\u00f3 esas preguntas. Recrimin\u00e9 varias veces, se\u00f1al\u00e9 su indolencia, la de mi familia, ante los otros ni\u00f1os. Acus\u00e9 su torpeza para cerrar la historia. A partir de ah\u00ed el tema se volvi\u00f3 tab\u00fa, de esos que se guardan en una maleta muy atr\u00e1s del cuartucho de las cosas in\u00fatiles.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>No insist\u00ed m\u00e1s. Pero he conocido algunos otros detalles de la cronolog\u00eda gracias a un t\u00edo que los suelta cuando est\u00e1 ebrio. Por \u00e9l supe que mi abuela mand\u00f3 a hacer una misa para que, seg\u00fan ella y su credo, yo apareciera. Mi t\u00edo Daniel, un adolescente de preparatoria, m\u00e1s pr\u00e1ctico, me busc\u00f3 por calles y calles en bicicleta, al lado de su amigo Luis; adem\u00e1s de eso se prometi\u00f3 a s\u00ed mismo desertar de su afici\u00f3n por el alcohol si me encontraban. Nunca cumpli\u00f3; bueno, s\u00ed, pero ya entrado en sus cincuentas y no por m\u00ed, sino por una \u00falcera g\u00e1strica. Mis t\u00edos mayores me buscaron sin \u00e9xito por casi toda la ciudad a bordo de sus vochos. Mi madre, inconsolable, no par\u00f3 de caminar preguntando por su hijo ausente. Mi t\u00edo Luis, notoriamente m\u00e1s avispado que todos los dem\u00e1s (\u00e9l siempre ha sido as\u00ed), llev\u00f3 mi foto y datos a Televisa para que otro t\u00edo \u2014el mism\u00edsimo T\u00edo Gambo\u00edn\u2014 anunciara mi caso en televisi\u00f3n. En los a\u00f1os ochenta, durante su programa y en breves cortes comerciales que pasaban el resto del d\u00eda, el t\u00edo que m\u00e1s bien parec\u00eda bisabuelo dec\u00eda, ceremonioso: \u201cPedimos su colaboraci\u00f3n para encontrar al ni\u00f1o fulano de tal, cuyas se\u00f1as particulares son tales y tales, y que se extravi\u00f3 el d\u00eda equis en aquel lugar\u201d.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Yo fui uno de esos fulanitos de tal que un d\u00eda desapareci\u00f3 de su casa y se gan\u00f3 el derecho de salir con el T\u00edo Gambo\u00edn.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; El autor de la siguiente cr\u00f3nica logra reconstruir un pasaje de su infancia a todas luces escalofriante. Lo que leemos podr\u00eda ser un cuento terror\u00edfico, pero desgraciadamente no es ficci\u00f3n. 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