{"id":895,"date":"2011-10-26T13:53:00","date_gmt":"2011-10-26T13:53:00","guid":{"rendered":"http:\/\/elhuevocojo.com\/?p=895"},"modified":"2012-02-17T22:41:32","modified_gmt":"2012-02-17T22:41:32","slug":"el-hombre-del-sombrero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.elhuevocojo.com\/?p=895","title":{"rendered":"El hombre del sombrero"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: left;\"><span style=\"color: #3366ff;\">Los rituales son, adem\u00e1s de una cosa \u00a0personal\u00edsima, un c\u00f3digo para reafirmarse en soledad. Cuando nos sorprendemos como testigos de uno que no nos pertenece conocemos entonces una parte m\u00e1s que \u00edntima de alguien que bien podr\u00eda, a pesar de tener un \u00a0nombre familiar, ser un desconocido. En el peor escenario se corre el riesgo de volverse <em>vouyerista<\/em>. En el mejor: lo primero no es tan malo.\u00a0<\/span><\/h4>\n<h4 style=\"text-align: left;\"><span style=\"color: #999999;\">Por Christian Mendoza<\/span><\/h4>\n<p><a href=\"https:\/\/www.elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2012\/02\/hombre_sombrero.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-full wp-image-1370\" title=\"hombre_sombrero\" src=\"https:\/\/www.elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2012\/02\/hombre_sombrero.jpg\" alt=\"\" width=\"850\" height=\"454\" \/><\/a><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\"><em>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u201cQui\u00e9n se iba a imaginar\/<\/em><em>Nos tuvo que tocar\/<\/em><em>Vivir junto a esta gente\/<\/em><em>\u00a1Yiuk!\u201d<\/em><\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\"><em>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Liliana Felipe<\/em><\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">A las seis de la tarde como de costumbre escuch\u00e9 sobre el adoqu\u00edn el estreg\u00f3n de sus ruedas. Empuj\u00e1ndole iba el hombre del sombrero, con la elegancia pausada que le confer\u00eda la prenda sobre su cabeza. Admito que fue \u00e9sta y no su gracia lo que llam\u00f3 mi atenci\u00f3n: su complexi\u00f3n ligera de<em> nylon<\/em> gris brillante, lo hac\u00eda similar al que dentro de una docena llamo mi favorita. Esa fue raz\u00f3n suficiente.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Durante semanas fui testigo de su ritual a trav\u00e9s de mi ventana. Cada diez minutos regresaban al lugar donde los vi por primera vez. Una. Dos. Tres veces. Luego, a lo lejos, el crudo estreg\u00f3n y un portazo. Siempre tres ciclos despu\u00e9s de las seis. Siempre el mismo sombrero de <em>nylon<\/em>. Siempre se\u00f1orial, siempre protector.<!--more--><\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Camina imperturbable: con el sol de verano encima. Va s\u00f3lo cubierto por la nimia visera de su sombrero gris. Como si lo \u00fanico importante en realidad fuese empujar un cochecito de pl\u00e1stico. No parece darse cuenta de que el ni\u00f1o montado sobre \u00e9l no est\u00e1 hecho del mismo material que el sonriente le\u00f3n estampado en la imitaci\u00f3n de cofre del veh\u00edculo. Mucho menos, de que por falta de algo que lo proteja del sol, el infante arruga el rostro.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">El hombre del sombrero no se detiene si encuentra a alguien a su paso, pero inclina la cabeza respetuosamente ante las damas. Para antes del final, el refinado caballero pasa junto a un grupo de j\u00f3venes esposas por sexta ocasi\u00f3n: tres veces por la izquierda, tres por la derecha. En cada oportunidad cumple la reverencia.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Ellas hacen una mueca parecida a una sonrisa, pero sin levantar mucho la comisura de los labios. Luego vuelven a su conversaci\u00f3n. Cuando hayan terminado acabar\u00e1n por largarse y la plazoleta principal ser\u00e1 de nuevo el territorio perfecto para las aventuras de los ni\u00f1os mayores: un barco pirata; un ancho desierto o una isla en el medio de la nada.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Hasta entonces el lugar permanece sitiado por las carriolas de cinco mujeres que r\u00eden o cuchichean, pero que mayormente hablan sobre sus beb\u00e9s. Entonces la cosa se pone seria y todas hacen cara de buenas madres: se miran displicentemente por turnos y asienten repetidamente con la cabeza. Unas con los ni\u00f1os de panza al hombro otras con ellos en los brazos. Todas bien contentas de ser madres y de cargar con esos bultos cubiertos en tela afelpada como tarjetas de membrec\u00eda oro para un exclusivo club femenino.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Quiz\u00e1 sea por eso que el hombre del sombrero nunca se detiene ah\u00ed. Puede parecerle imposible que lo acepten o tal vez s\u00f3lo sea que un espacio tan peque\u00f1o le resulta a disgusto. En cambio prefiere recorrer a diario cada una de las tres calles por las que se expanden sus dominios: dominios cond\u00f3minales al fin y al cabo, pero que a \u00e9l deben parecerle suyos. Por eso los camina a paso lento e inspecciona las orillas en cada una de sus rondas. Porque las vallas que concentran su extensi\u00f3n le parecen hermosas. Porque le ocultan una ciudad rota dispar y violenta. Porque le permiten dormir de noche.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Llega el final despu\u00e9s de la tercera ronda: esta vez el estreg\u00f3n antes del portazo se escucha m\u00e1s de cerca, no as\u00ed lo segundo que tarda un poco m\u00e1s. Antes de cerrar la puerta, el hombre del sombrero mira con recelo a qui\u00e9n ha estado observ\u00e1ndole durante los \u00faltimos 30 minutos.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">Sonr\u00edo.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">\u00c9l inclina ligeramente la cabeza.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"color: #000000;\">No s\u00e9 cu\u00e1l es su nombre, pero su casa est\u00e1 marcada con el n\u00famero 17.<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><span style=\"color: #3366ff;\"><a href=\"https:\/\/www.elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2012\/02\/autor_christian.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-full wp-image-1301\" title=\"autor_christian\" src=\"https:\/\/www.elhuevocojo.com\/wp-content\/uploads\/2012\/02\/autor_christian.jpg\" alt=\"\" width=\"150\" height=\"150\" \/><\/a>Christian Mendoza. Hijo de\u00a0Terps\u00edcore. Lejos de ser musa se conformar\u00eda con ser diva. Lamentablemente, un escritorcillo franc\u00e9s rompi\u00f3 su esperanza: \u201clas divas no limpian cacas\u201d, le asegur\u00f3 el descastado \u00a1Oh tragedia! \u00c9l ya lo hizo. En la necesidad de menores ambiciones ser\u00eda para \u00e9l suficiente con leer -y comprender- la obra completa de Proust, de paso, tambi\u00e9n la de Octavio Paz. Nada m\u00e1s porque le parece que podr\u00edan ayudarle a convertirse en un \u201cescritor\u201d no tan malo.<\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Los rituales son, adem\u00e1s de una cosa \u00a0personal\u00edsima, un c\u00f3digo para reafirmarse en soledad. Cuando nos sorprendemos como testigos de uno que no nos pertenece conocemos entonces una parte m\u00e1s que \u00edntima de alguien que bien podr\u00eda, a pesar de tener un \u00a0nombre familiar, ser un desconocido. En el peor escenario se corre el riesgo de volverse vouyerista. En el mejor: lo primero no es tan malo.\u00a0 Por Christian Mendoza \u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u201cQui\u00e9n se iba a imaginar\/Nos tuvo que tocar\/Vivir junto a esta gente\/\u00a1Yiuk!\u201d \u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Liliana Felipe A las seis de la tarde como de costumbre escuch\u00e9 sobre el adoqu\u00edn el estreg\u00f3n de sus ruedas. 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