El pasado domingo 22 de febrero quedará grabado en la memoria colectiva como recuerdo de un día caótico, extraño, en el que el miedo y la zozobra estuvieron en el ambiente de nuestro estado durante horas. ¿Cómo se vivió esa experiencia desde distintos ámbitos? Le pedimos a nuestros cronistas que nos compartieran sus historias. Va aquí una primera entrega.

Monstruo mudo

Ya no recordaba qué era dormir en silencio absoluto, sin los corridos del vecino adolescente del número 38, la motocicleta escandalosa del 73 o los balonazos y gritos del equipo de la esquina. Ni siquiera los pitidos del tren de carga o de la Línea 4 se escuchaban. Eran apenas las siete de la tarde y el silencio ocupaba toda la cuadra.

El domingo me desperté, como de costumbre, a las 6:30 para ser de las primeras en llegar al tianguis dominical del centro de Tlajomulco de Zúñiga. Me gusta «manosear» primero las frutas y verduras que consumiré durante la semana. Todo estaba tranquilo: las charlas de siempre y el «que acabes pronto» con el que me despido de mis cuatro puestos favoritos.

Ya en casa, con el café corriendo por mi sistema digestivo y un podcast de fondo, revisé los mensajes que informaban sobre incendios provocados en varias zonas del área metropolitana. Luego el texto de mi sobrino, siempre tan escueto: «Qué onda, Mago. Oye, que andan quemando camiones». Me contó que esperó más de una hora el transporte para ir al trabajo y que, al final, debió pedir un Uber y pagar el doble de la tarifa para llegar, solo para que lo regresaran a casa bajo el justificante de que era una orden de seguridad.

A las 10:00 de la mañana, el Festival del Caballo fue cancelado; se recomendaba no salir y la suspensión del transporte público era un hecho. Hasta las 12:00 del mediodía me percaté de la ausencia del pitido de la Línea 4 del Tren Ligero; no supe a qué hora dejó de pasar. Mis hermanos ya se habían reportado y mi jefe me marcó para contarme que vio un convoy de patrullas por avenida Acueducto, cuando iba rumbo a casa de su mamá en la colonia Americana, por lo que decidió regresar y alertarnos a todos. «¿A quién agarraron?», fue la pregunta que surgió al ver el caos.

Nemesio Oseguera Cervantes, «El Mencho», fue herido y aprehendido en Tapalpa, Jalisco; al ser trasladado, murió debido a las lesiones. El caos es la respuesta del cártel a su detención y muerte. No es la primera vez que, al ser detenido un delincuente de élite, su grupo realiza bloqueos y quema de transportes. El primero que recuerdo fue el de 2012, cuando detuvieron a otro personaje y los bloqueos obligaron a que lo liberaran. En 2018, después de un atentado contra el entonces director de Seguridad, Luis Carlos Nájera, incendiaron varios camiones del transporte público; entre ellos, uno de la extinta Línea TUR, donde una madre y un menor de ocho meses sufrieron graves quemaduras que provocaron la muerte del pequeño Tadeo. Justo en esos hechos yo iba rumbo a casa en la ruta 186 River, por López Mateos, a la altura de Bugambilias; al escuchar las detonaciones, el chofer aceleró y no se detuvo hasta llegar al pueblo.

Ahora mi incertidumbre era si habría transporte para trabajar el lunes. Mi jefe me había llamado para decirme que, si podía llegar, fuera; de lo contrario, que avisara. Me fui a dormir con la duda. De vez en cuando despertaba para revisar las redes y saber si habría camiones, si la autoridad declaraba día de descanso por encontrarnos en alerta máxima o si había algún mensaje de mi jefe diciéndome que no fuera.

A las 3:00 suena la alarma. Mientras les doy el desayuno a mis gatos, reviso los mensajes. Nada. El día 23 solo se suspendieron clases y la Secretaría de Transporte afirma que habrá servicio. Mis hermanos no trabajan: uno porque es su descanso y el otro por la suspensión de labores. Me alisto para salir de casa a las 4:00. Por las calles no camina nadie, eso es costumbre. La ausencia que me inquieta es la del sonido. La fábrica de al lado no está funcionando. El vecino de la mototaxi no se levantó a trabajar. Camino a la parada de la ruta 175A; la gasolinera está vacía y no hay música de banda como de costumbre. Nada. Espero el camión y mi oído está atento: escuchó cómo el viento mueve una tira de cinta canela que golpea contra el poste. Nadie. Llevo diez minutos y nadie pasa. La chica y su perro negro que caminan por las vías rumbo a la cabecera no pasaron. Los tres hombres que suelen esperar conmigo, tampoco. Solo yo y el aire frío que insiste con el trozo de cinta en el poste. 4:15. El silencio aviva mis miedos; decidí regresar a casa. Desistí de ser una adulta responsable y me fui a ocultar entre las cobijas, lejos del monstruo mudo que hoy ocupa las calles.
Mago Rodríguez

El silencio de la zozobra

Escucho las alertas de mi celular; suenan más de lo normal para ser domingo. Trato de ignorarlas y dormir otro rato. Es día de descanso: el vecino no ha salido a lavar su carro ni se percibe el trajín de las escobas de las vecinas. Pienso que puedo seguir descansando… es domingo.

Decido echar un vistazo a las notificaciones. Tal vez mi sobrina desde Alemania quiera compartir una charla y un café, como en otras ocasiones, pero no es ella. En el grupo de WhatsApp familiar comienzan a circular imágenes, videos y reportes de unidades incendiadas en el cruce de Juárez y La Calzada (San Juan de Dios). El dueño de un automóvil refiere que lo bajaron con violencia para prenderle fuego a su propiedad. Llegan más avisos: “Tengan cuidado”, “Hay narcobloqueos” —otra vez, ya hemos vivido esa pesadilla—, “Dicen que agarraron al “Mencho”. Termino por despertar y hago un recuento mental para saber si mi hermano salió a trabajar o se quedó en casa; recuerdo la última conversación que tuvo por teléfono con un colega:
—Entonces mañana no voy, ya les había dicho a mis hermanas que me despertaran —extiende el celular para que le sigamos la broma. —Sí —contesto—, de cualquier forma te levanto para que vayas —él ríe y sigue su llamada.

Entonces no fue; está en casa. Escribo en el chat que no salió a laborar y otra de mis hermanas confirma que ya se comunicó con él. Es un alivio.

Comenzamos a preguntar por todos. Mi sobrino Santy suele acudir los domingos a jugar fútbol, pero hoy no lo hizo. Quería ir al hotel de concentración del equipo femenil del América junto con su amigo. Todos le imploramos que no vaya, que no se les ocurra asomarse ni al Oxxo de afuera de su coto. Su mamá asegura que no los dejará exponerse; la madre de su amigo ya llamó para se quedara con ellos (en otras circunstancias, siempre había que rogarle para que lo dejara quedarse).

Recuerdo que el esposo de otra de mis hermanas y su hijo de diez años se fueron el día anterior a Cuquío. Iban solamente a dejar una refacción, pero decidieron dormir allá. También le pedimos que se comunique con ellos y les advierta que no regresen a Guadalajara. Llegan más y más grabaciones con información de retenes. Se escuchan lo que podrían ser cohetes de algún templo, pero sabemos que no lo son. En Av. Patria y Carretera a Saltillo incendiaron más camiones.

Otra de mis sobrinas acostumbra visitar Tepatitlán los fines de semana. Le mando un mensaje y me contesta que hay cierres en la vía; lo más seguro es que se quede allá. Le pido que vuelva solo cuando sea seguro. Mientras tanto, en Guadalajara, su mamá salió al mercado de Atemajac y dejó a su hija de catorce años en el departamento porque su papá pasaría por ella más tarde para llevarla al Estadio Chivas. Al teléfono se escucha angustiada: cerca de su hogar también hay disturbios y la adolescente está sola. De camino al mercado mi hermana comenzó a ver columnas de humo por diferentes puntos; se le hizo extraño, pero no imaginaba la magnitud. Al ver los carros envueltos en llamas ya no pudo retornar. Un vecino, junto con sus hijas, prometió resguardar a la niña hasta que ella logre volver.

Circulan más grabaciones. En los medios dicen que en Tapalpa atraparon al “Mencho” y que murió. Llegan y llegan consignas: no salir, no abrir la puerta a nadie, mantenerse en contacto, tener cargados los teléfonos. Especulaciones de que comenzarán a matar a la gente que esté en la calle después de las dos de la tarde; versiones de que atacarán las instalaciones eléctricas; conjeturas de que estamos sitiados. Rumores y más rumores.

Otra sobrina reporta que por el Zoológico también están quemando camionetas. Sus suegros no abrirán su paletería; la situación empeora. En episodios anteriores habían capturado a delincuentes de menor calibre; ahora, con el líder, se pondría peor. Todos recordamos cuando atraparon al «Chapito» y, ante la presión de los cierres viales, lo soltaron con el pretexto de no perjudicar a la población. Ahora, si el “Mencho” estaba muerto, no habría punto de negociación.

Decidimos hacer una llamada grupal para orar. Hablamos del tema y de las provisiones con que cuenta cada uno. Me lamento de no haber comprado leche el día anterior ni de tener la costumbre de surtir la despensa a menudo. En la televisión pasan una y otra vez las mismas escenas del capo y su historial delictivo. Es raro: todo el mundo sabía tanto de él, el hombre hizo lo que quiso por mucho tiempo y, de repente, lo capturan. Se le acabaron los privilegios; se acabaron los abrazos.

Me aseguro de que otros parientes que viven en la urbe y sus alrededores se encuentren bien; los familiares de fuera se cercioran de lo mismo con nosotros. «No salir, no salir, no salir» es la consigna. Mi tío llama desde la CDMX para ver cómo estamos; nos ofrece su casa para que abandonemos la entidad. Le explico que no podemos movernos y que sí tenemos qué comer. Insiste en que, si necesitamos dinero, le digamos. Más parientes se unen en oración.

En redes sociales se mezclan los hechos verdaderos con los falsos. Los temas de tendencia dejaron de serlo: el bebé orangután rechazado por su mamá, los que se perciben como animales, los resultados deportivos… todo se detuvo. En otras ciudades también hay disturbios. Anuncian que no habrá clases, ni tribunales, ni comercios; que solo trabajarán las dependencias porque el gobierno «tiene todo controlado».

Varias personas comienzan a preguntar por farmacias o taquerías abiertas. Una señora pregunta si alguien tiene una lata de leche etapa 3; otro, si alguien tiene un garrafón de agua, pan o tortillas. Pequeñas tiendas operan clandestinamente a puerta cerrada y se corre la voz de dónde conseguir medicinas o alimento. Somos frágiles.

Se escuchan detonaciones, a la distancia y en las inmediaciones. Helicópteros, patrullas, ambulancias y camiones de bomberos; luego, un silencio denso. Así transcurre todo el día.

Cae la noche. En mi trabajo no suspendieron labores. Me duermo con la inquietud del día siguiente: los delincuentes utilizarán la oscuridad para reagruparse, para idear nuevas tácticas, para atacar ya no solo el patrimonio, sino a la humanidad.

Dormito, atenta a los sonidos nocturnos: los perros ladran, un gato llora, la lona del patio ondea con cada racha de viento, se oyen motores y voces lejanas. A las seis de la mañana consulto las novedades para ver si hay camiones, si hay ciudad. Salgo de mi casa con miedo. No hay nadie en la vía pública, los locales están cerrados y los pocos conductores circulan a la expectativa. Pienso en lugares donde resguardarme en caso de peligro, en canceles que podría brincar para buscar refugio. En la parada solo hay otra persona; me coloco detrás de un poste para que me sirva de escudo en caso de un tiroteo.

En cada semáforo pongo atención a los vehículos que se detienen y a las personas a bordo. No pasa ningún transporte público; no se van a arriesgar a ser los primeros en ser incautados para bloquear calles, por mucho que el gobernador dijera que habría servicio normal. Aviso en el trabajo que no hay camiones y me devuelvo a casa. Siento alivio al regresar. El silencio de la zozobra es abrumador y me hace consciente de la fragilidad en la que vivimos.

Mmandarina

Veintidós de febrero de 2026

El veintidós de febrero de 1939 fue miércoles de ceniza y el día en el que aterricé en este mundo aproximadamente a las tres y media de la tarde, según me dijeron mis padres. Desde entonces ese día ha sido importante para mí y para mi familia.

Así que el domingo veintidós de febrero cumplí ochenta y siete años, con un estado de salud envidiable para cualquier persona de mi edad, a pesar de una bronquitis que comenzó justo dos semanas antes de la fecha y de dos pequeños micro infartos que vinieron a opacar mi tan celebrada buena salud.

Iba a recibir en casa por la tarde a mis tres sobrinas, hijas de mi hermana, a cinco de mis seis sobrinos nietos y la esposa del que ya está casado -el sexto vive fuera del país- y a mi sobrinita bisnieta de cinco años. La reunión sencilla, en la que les ofrecería algunas botanas, refrescos y un pedazo de la excelente rosca de naranja que se vende en las pastelerías de Mariana Gallo. Todo lo iba a comprar el mismo domingo. Íbamos a pasar una agradable tarde dominical.

Desperté agradeciendo a Dios Nuestro Señor el que me hubiera concedido un año más de vida; empezaron a llegar por línea las felicitaciones de mis amigos, cuando súbitamente en mi celular comenzaron a aparecer noticias inquietantes, ¡habían matado al “Mencho” en Tapalpa, Jalisco, alrededor de las nueve de la mañana! Me pareció imposible que tal noticia fuera cierta. Empezaron a resonar los balazos en las cercanías de mi casa y a llegar al celular noticias alarmantes, se aconsejaba a la población no salir de sus hogares, ni a pie ni en sus vehículos. La calle en la que se encuentra mi casa se quedó desierta por el resto del día. Alarmada empecé a llamar por teléfono a mis parientes para cancelar la reunión, suplicándoles a los más jóvenes que no salieran de sus casas.

En ninguno de mis ochenta y seis cumpleaños anteriores había habido tanto ruido en Guadalajara.

Ana Rosa González Carmona

Un miedo sin nombre

En el video hay tres jóvenes dos con armas de fuego y otro con bolsas llenas de gasolina, los que traen pistolas bajan a dos hombres de un auto y el otro rocía el líquido, da un chispazo y huye en una moto mientras el auto se incendia. Se ven muy chicos, pienso mientras guardo mi celular en el bolsillo trasero del pantalón. Me sirvo un vaso con agua y siento como baja lo fresco hasta mi estómago. Camino hasta la ventana de mi cuarto y veo la columna de humo, la más cercana que he visto este día, está a unas tres cuadras de donde estoy. Con un movimiento automático, exacto, llevo la mano hacia la espalda y saco mi celular, lo desbloqueo, capto con precisión la imagen y presiono. La foto está hecha. No he nombrado mi emoción, pero ya mandé la foto al grupo. Queda inmortalizado ese instante, no el de la columna de humo sino el instante en el que, incluso antes de darme cuenta de la fragilidad de mi vida, hice de reportera del horror. Fui una máquina que reprodujo un miedo que iba sin nombre. En la foto no se ve el abuelo que se siente impotente por haber vendido su arma y no poder proteger a su familia, no se ve el niño que escucha el helicóptero y se pone la mano en el pecho para diferenciar el latido de su corazón, no se ve la angustia de la hermana que espera la llegada de su padre del turno de la noche, no se ve la madre que rebusca en la alacena buscando el arroz que recuerda que guardó. Solo se ve el humo, su densidad de mil toros en estampida, su negrura de ira. En la foto no se ve el preciso momento en el que me doy cuenta de que ya no hay tiempo para el vacío, de que soy una autómata, de que estoy capturada por una lógica de producción. Ni en la foto ni en mi mente se ve lugar para la duda, para el respiro, para el signo de interrogación. ¿Qué siento? No sé, me digo después de que el WhatsApp mande notificación: ¿Cómo estás? preguntan y yo no contesto. Desde la sala escucho la risa de mi hija ante un chiste de su hermano, quien tiene la edad del joven que llevaba las bolsas de gasolina. Recuerdo el proverbio del niño que quema la aldea porque la aldea no lo arropó y no quiero ser la aldea, pero lo soy. Ni en la foto ni en el video se ve lo que nos han quitado, se ven los residuos, se ve la sangre, se ven las cenizas de la aldea.

NoHilda

Apenas unos minutos para llegar antes de que disparen

—¿Qué onda, pai? ¿Ya agarraste camión? Córrele, porque según me llegó un mensaje de un compa, que a las 12 van a empezar a disparar a la gente que ande en la calle.

“Son mamadas”, pensé, pero miré el reloj de mi celular. Chale, eran las 11:42. Crucé la avenida y los de los tacos de carnitas estaban desmontando su puesto, con mucha rapidez y desesperación.

Escuché a una chava decir:

—Ya mejor váyanse a sus casas. Sí, eso dijeron.

Y en mi cabeza: ¿pero, qué dijeron? ¿Quién dijo qué? No te alarmes, tal vez están hablando de otra cosa. Caminé un par de pasos más y vi salsa verde y roja en el piso. Las semillitas se perdían en los granos del asfalto.

Luego vi dos caídos, aun derramando líquido de la boca: una Pepsi y una sangría. Sus fluidos se mezclaron en un charco oscuro.

Esto es serio, debo llegar a casa. Caminé más y vi el puesto de tacos de pescado: un trozo de tortilla en la banqueta con ensalada de col me hizo imaginar que la gente había salido corriendo.

Sentí el peso de mi mochila de natación, llevaba todo mi equipo y, aparte, una sudadera negra. Me sentí sospechoso, capaz de asustar a alguien con la mochilota. O que me confundieran. Luego vi mi playera color rosa. Ay, no, seguro con este color no doy miedo a nadie. Me acordé que en TikTok vi que en la antigüedad ese era el color de los guerreros, porque la sangre manchaba tanto la tela que, aún lavada, quedaba rosa.

Seguí caminando un poco más rápido, mientras iba sintiendo mi respiración agitada y mi pecho oprimido.

¿Para qué fui a nadar? Debí hacerle caso a mi hueva, nunca le hago caso. ¿Por qué no sé descansar?

En ese momento pensé que nadie sabía dónde estaba exactamente: mi familia, mi novia, mis amigos, salvo mi amigo de la natación, nadie. ¿Y si me encuentran tirado en un charco, como la Pepsi y la sangría?

Pasó al lado de mí un hombre bigotón hablando solo:

—Ahora sí se los va a cargar la verga. ¿No que no, culos?

No me dijo a mí, pero sí lo dijo para todos, que ya éramos muy pocos. La gente se alejaba de mi horizonte poco a poco. Los mototaxis pasaban rápido, todos llenos. Pensé en mi camisa rosa con sangre.

Pasaron algunos coches más y vi la hora: 11:49. Ya mero va a valer madre esto.

Vi pasar una camioneta con gente atrás. Levanté el dedo pidiendo aventón. Para mi suerte se paró.—Voy derecho hasta Las Escuelas.

—Trépate, carnal —me dijo un hombre lleno de tatuajes, el más llamativo: una viuda negra en su cabeza rapada.

Ya arriba noté que las seis personas a bordo llevaban cangureras volteadas. Me acordé de que algunos guardaespaldas o mañosos suelen portar así su arma. Luego, no sé si por el miedo que me estaba invadiendo, los escuché hablar en clave.

—Ya van para el 39 —dijo la única mujer a bordo, a alguien que llamaba por celular.

El pelón dijo:

—Cómo los quieren a ustedes, cabrones. Sus celulares suene y suene, y a uno ni madres.

Sonrió y me miró.

—A mí tampoco me habla nadie —dije.

La camioneta siguió su trayecto. Pasamos por afuera de un Aurrerá, del que salía humo, y vi una tarima llena de papel higiénico quemándose.

Llegamos a Las Escuelas. Era día de tianguis; la gente corría en todas las direcciones.

—¿Hasta dónde vas, chófer?

Resultó que aún nos pedía llevar unas calles arriba.

A mi lado derecho había un montón de pollos quemándose en un asador largo; las tenazas para voltearlos estaban en el piso.

Nos detuvimos por el semáforo, pero mis compañeros de viaje gritaban:

—¡Pásatelo, pásatelo! ¡Aquí andan en el tianguis!

Cruzamos avenida Granada, pasando al lado de un Oxxo que terminó quemado y saqueado.

Finalmente tuve que bajarme de la camioneta y aún faltaba caminar unos 15 minutos, no quise ver el reloj.

Vi a un mototaxista y le pedí que me llevara.

Respondió moviendo la cabeza y el dedo índice al mismo tiempo.

—Jefe, ¿y está pasando algo para allá arriba?

—No han dicho nada. Pero ahorita estaban aquí en el tianguis.

Continué a pie. La camisa rosa ya estaba mojada de sudor. Noté que respiraba agitado, pero no lo pude evitar. La calle se veía larguísima y la poca gente que veía iba corriendo.

Por poco pedía raite a un mototaxista que estaba levantando un puesto de flores, pero vi que no iba a caber. Aún faltaban muchos rosales por subir y el asiento de atrás ya iba lleno.

Seguí caminando por la avenida Chulavista, entre el cerro del Gato y un largo muro que delimita las casas de un coto.

Me dio valor que delante de mí iba un viejito con su nieto y un chavo delgado con una mochila de esas que regala el Gobierno de Tlajomulco.

Ya casi llego, todo va a estar bien, me decía para relajar mi respiración.

Entré al fraccionamiento donde vivo y sentí un pequeño alivio. Pasé por donde venden menudo. Ya no había nada, solo la lona sostenida por palos y un plato de talavera roto con un trozo de carne lleno de tierra. El charco del caldo ya se había secado.

Sentí como si viera un cuerpo y se me enchinó la piel. Aún no estaba seguro.

Todos vamos a morir, Jorge, no te preocupes. Si nos toca, es normal. Pero hoy no quiero. Ya no quiero pensar en eso. Ay, ya sé: no tengo agua de garrafón en la casa. ¿Cómo lo resuelvo?

Me fui pensando en el agua y en cómo conseguirla. Qué ironía: el agua me hizo salir de casa y el agua me ayudó a volver, sin ahogarme de desesperación. Luego en Facebook vi, que habían tirado balazos en el tianguis, que habían quemado Oxxos, dos Bodega Aurrera y que hubo bloqueos con vehículos en llamas por muchos lados. Pero llegue bien, a las 12:17 del día.

Jorge Macías Borrayo