A propósito de que acaba de pasar el Día de las Madres, la autora nos cuenta una serie de relatos, de primera mano, que nos hacen entender que el concepto de madre no sólo se refiere a quien da la vida. Porque, eso sí: hay de madres a madres.

Por Rosy Muñoz

Recién dejé a Miranda en la escuela y regresaba a la casa, me detuve para ver si no venían carros y en eso me rebasó una señora que iba corriendo, en una mano sostenía el brazo de una pequeña niña y de la otra, trataba de sostener el bolso que se resbalaba por su hombro.

—Corre Regina, está la puerta abierta

Regina tiene unos ojos almendrados y una mirada muy inquieta, es risueña y aunque se ve bajita y muy delgadita, ronda los 9 años, lo sé porque fue compañera de Miranda en el kínder.

Regina cada vez aceleraba más el paso y daba grandes zancadas. Para ese entonces ya éramos como tres personas las que mirábamos la escena; casi llegaba a la puerta Regina, como quien va a atravesar la meta, cuando su abuelita al tiempo que le dijo “¡tus libros!”, estos cayeron estrepitosamente de su bolso que se detuvo en el antebrazo, pero al ser tejido y con el peso de los libros salieron dos o tres de golpe; para ese entonces el chico que lava los carros y yo empezamos a levantarlos, y la abuelita, mientras le entregaba los libros, sacó algo de un bolso más pequeño que estaba adentro, supongo que era dinero para comprar en el recreo. Suspiró y nos dio las gracias; yo agregué un: “hola señora, buenos días”. La puerta de la escuela que está justo enfrente que la de mi hija se cerró y la abuelita de Regina suspiró y me dijo: ahora llevo a esta niña al kínder.

Llamó tanto mi atención ese hecho, que lo platiqué con Paula, quien es mamá de Miriam, amiga de Miranda y a quién también conocemos desde el kínder, y algunos días que no hay clases o el viernes último de cada mes, por el Consejo Técnico de los maestros y que suspenden actividades, Regina y su hermanita son encargadas en casa de Paula, mientras la abuelita va a trabajar.

Me dio curiosidad saber a qué se dedicaba la mamá, que no alcanzaba a llevar a sus hijas, pero en ese momento recordé que quien llevaba y recogía en el kínder a la pequeña Regina era su abuelita, en las juntas y festivales también estaba la abuelita, no recuerdo haber visto a su mamá, solo por video; yo era la representante del grupo y al final del ciclo hicimos una especie de sorpresa para los niños donde los papás contaban lo orgullosos que se sentían de sus hijos. Mi sorpresa fue mayor cuando me dijo Paula que la mamá no se hacía cargo de las hijas.

—Primero tuvo a Regina, y la abuelita, como trabaja por aquí en unas oficinas haciendo el aseo, se traía a la niña, salía y se la llevaba al trabajo y luego se iban a su casa. Ahí estaba la hija, pero después se juntó con otro hombre y tuvo a la más chiquita, se llevó a Regina y vivía con la mamá y el hombre, pero no las trataba tan bien y las niñas siempre se querían ir con la abuelita. Hasta que mejor ella dijo que se las dejara y se hacía cargo de todo, ella es como su mamá.

La abuelita de Regina es de estatura baja, cabello corto y con algunas canas, no hay día que no me la encuentre, ya sea a la entrada o salida y siempre tiene una sonrisa en el rostro.

Al cabo de dos o tres semanas que supe esto conocí a una señora que ya había visto a la salida de la escuela de Miranda, no sé su nombre, pero sí sabía que su hijo es compañero de la mía. Nos encontramos en una fiesta infantil de una compañerita de ambos. Me senté donde estaban las demás mamás de la escuela a quienes sí conocía o por lo menos, me sabía sus nombres. 
Transcurrió la fiesta y poco a poco comenzaron a irse, amenazaba lluvia, aunque no era temporada. Escuché que ella le dijo a otra mamá que le quedaba cerca la estación del tren ligero y ya después solo tomaba otro camión, llamó mi curiosidad saber hasta dónde vivía, más aún cuando generalmente uno busca que la escuela le quede cerca de su casa. Quedábamos solo nosotros y ella, le llamó a su hijo por su nombre y le dijo que era momento de retirarse, sacó un suéter y le ordenó que se lo pusiera, el niño sin chistar, obedeció. Ya parece que mi hija me iba a hacer caso de ponerse una chamarra y más si estaba corriendo y jugando. Nosotros, Beto y yo, empezamos a decir que ya también nos íbamos y justo ahí le pregunté que por dónde vivían, me respondió que en la Mesa Colorada. Supongo que mi expresión de asombro hizo que agregara:

—Pero no es tanto, con que me quede cerca el tren (ligero), me bajó hasta la última estación y ahí tomo una combi que nos lleva hasta adentro de la colonia.

Yo sabía donde es la Mesa Colorada, alguna vez fui con otras amigas a visitar a una compañera que además de vivir allá tiene su negocio de comida: una marisquería. Y recuerdo que sí nos llevamos un rato para llegar hasta allá. 
Mi siguiente pregunta fue: ¿Y por qué tiene hasta acá a su hijo? Ahí empezó la conversación que me recordaría a la abuelita de Regina.

—Él es mi nieto, pero yo me hago cargo de él y vamos a esa escuela porque me queda cerca de mi trabajo, lo dejo y cuando voy por él me lo llevo, salgo a las 3 de la tarde y ya nos vamos para la casa.

Yo supuse que la mamá quizás se había ido para trabajar, pero no, la mamá es una persona adicta a diferentes sustancias. Lo que vivió el niño también fue difícil para él.

—Aunque estaba bien chiquito, él se acuerda que luego pasaban la noche en la calle y que su mamá le ponía una cobija que tenía un agujero; se acuerda muy bien aunque tenía como dos años.

Después la hija aparentemente volvería al redil y se fue a casa de su mamá, pero ya tenía otra hija. Pasó el tiempo y un día le dijo a su mamá que iría por unos papeles que necesitaba para inscribir a su hija menor al kínder.

—Pues es hora que aún no llega…

La hija se fue y dejó a sus hijos, ella se quedó con el niño y la abuela paterna con la niña. Agregó que ya está acostumbrada al ritmo que ahora tiene nuevamente de “mamá”.

—Cuando no hay clases o es viernes, según me dice el niño que nos desvelemos y nos ponemos a ver la tele y bien dormidos que nos quedamos, según nosotros nos desvelamos.

El 10 de mayo no solo celebramos a quienes nos dieron la vida.