El pasado domingo 22 de febrero quedará grabado en la memoria colectiva como recuerdo de un día caótico, extraño, en el que el miedo y la zozobra estuvieron en el ambiente de nuestro estado durante horas. ¿Cómo se vivió esa experiencia desde distintos ámbitos? Le pedimos a nuestros cronistas que nos compartieran sus historias. Va aquí la segunda entrega.

Estrenar licencia de manejo en un campo de guerra

Domingo de visitar la casa paterna. Decidir si me voy en bici, como cada domingo, aprovechando que no hay tanto tráfico en la ciudad, o sacar la camioneta a orearse, aprovechando que acabo de obtener mi licencia. Sí, a mis 47 años, acabo de pasar mi examen de manejo. El bólido es la elección.

La ciudad luce un poco más sola de lo normal, Laureles y Américas van fluidas; Montevideo, normal, sin los camiones que la toman los domingos, desviados por la Vía Recreactiva de avenida Patria, de Andares a Atemajac. Dejo la camioneta casi en la esquina de la cuadra.
Mi papá me recibe con la noticia: hay narcobloqueos. No le creo y de inmediato saco el celular para desmentirlo, pero en el chat de periodistas (y ex coffe boys, como en mi caso) hay un bonche de notificaciones que me ponen en contexto: la ciudad arde. Ponemos las noticias, nos cuesta trabajo encontrar un radio AM y optamos por escuchar la radio por internet. Radio Metrópoli corta su transmisión deportiva que cubre el Maratón de Guadalajara para dar cabida a los reportes de bloqueos con camiones incendiados y autos que cortan las vialidades. Seguimos los sucesos por Radio Universidad, que tiene cobertura estatal. Preparo el desayuno. Mi papá se anima a salir por el virote al súper cercano. Mi mamá y yo seguimos las noticias mientras cocemos los tomates y los chiles serranos, que hoy tocan chilaquiles verdes.

La memoria retrocede: la vez que, desde casa, se escuchaba, entrada la noche, la balacera mientras José Luis Jiménez Castro y compañía hacían la transmisión de radio en vivo de la captura del Güero Palma a pocas cuadras de mi casa, allá en los turbulentos noventa; o cómo pasó un helicóptero a bajísima altura cuando capturaron en la calle de atrás a un hijo de “El Mencho”: a mi hermano no lo dejaban pasar. O aquella bonita ocasión en que, un 1º de Mayo de 2015, asueto a todas luces y mi día de descanso del periódico, se les ocurrió prender fuego a la ciudad por un operativo fallido también contra “El Mencho”.

Todo eso entonces parecía ajeno, irreal: sucedía en otra parte, aunque fuera a pocas cuadras. Ahora estaba aquí: las notificaciones y los videos saltaban, picaban, quemaban. Nadie en la calle estaba seguro.

Además, antes no tenía motivos para preocuparme: si me muero, nadie me va a extrañar. Ahora tenía que ver por mis gatitas, que estaban en el departamento solas. ¿Salir a enfrentarme con la crueldad y el caos o esperar a que las cosas se calmaran, como antes había pasado?
Decido salir. Quién sabe cómo se ponga después. Nomás en la calle, por avenida Patria veo a un convoy de municipales a alta velocidad y los códigos encendidos. Elijo evitar las avenidas principales. Tomo Naciones Unidas-Montevideo. Nunca la había sentido tan sola. El ambiente tenso me rompía la piel en crispaciones: mirar a todos lados, estar atento de los autos alrededor. De las motos. Listo para meter el acelerador a fondo o salir corriendo, o, en última instancia, salir en la nota roja. Al meterme por El Chaco hay dos autos entrando a una finca. Detienen el paso y temo lo peor. Pongo las intermitentes, pero entran sin mayor contratiempo y paso lo más rápido posible. En la esquina de Patria y Alberta, por la que transitaba, esperaba en el alto. El semáforo da el pase al sentido contrario. Ganas no me faltan para pasármelo, pero espero. La vía contraria está vacía, pero un Corsa que fluye por Patria decide pasarse su alto. Respingo y le pito. Me contengo luego. No me puedo permitir esos exabruptos. Va mi siga. En el Centro de Zapopan, otro convoy de dos camionetas municipales. No sé por qué –pero sí sé— no me siento seguro. Respiro y sigo. 
En casa, llamo a Rebe, que está con sus papás. Se queda con ellos y acordamos no salir. Hay que ser muy pendejo para estrenar licencia en medio de una guerra.

Víctor César Villalobos Villaseñor

El silencio y el canto. La crónica de un día con miedo

Había un sonido, el del viento: un ulular, un silbido que se colaba por las rendijas, un algo grave que rebotaba en las paredes del patio y movía la ropa que Diego, mi hijo, había lavado. Era también el sonido del viento moviéndose por el follaje del árbol que está afuera de mi casa, y cuya copa se aprecia desde mi cuarto; un viento alterando la quietud de las hojas secas. Podía oírsele porque la ciudad estaba en absoluto silencio, un silencio derivado del miedo.

El domingo 22 de febrero el silencio se nos impuso. Se colocó de pie en medio de todo y nos puso su dedo en la boca, aunque yo sentía aquel silencio en el pecho como si fuera un pie oprimiéndome. En mi memoria de casi cinco décadas, no hay un solo recuerdo de un silencio que se le parezca, pero el de ese día sí me recordó a un miedo muy viejo, un miedo de incertidumbre y desazón, uno de cuando tenía once años, en 1990; entonces, una sección de la ciudad había explotado y sus venas abiertas al sol llenas de muerte y sangre, me habían dejado con esta cosa que a veces no me deja respirar, pero el parecido no se iguala, porque yo, ese domingo, el domingo 22 de febrero de 2026, me sentí secuestrada, y el silencio ese era el silencio del secuestro.

Yo no salí a la calle porque el gobierno me dijera que me quedara en mi casa, yo me encerré porque antes de mediodía, a las 11:12, después de horas en que los chats estuvieron vueltos locos porque por todo el estado había narcobloqueos derivados del arresto de “El Mencho” en Tapalpa, llegó un mensaje a uno de los grupos de WhatsApp en el que una amiga nos decía que su cuñado le pagaba a la plaza para vender medicamentos, y que la gente de la plaza le había enviado un audio en el que advertía que nadie saliera, porque a partir de las 12 se irían contra la gente que se encontrara en la calle. Yo entonces tuve mis dudas, pero unos minutos después escuché cómo un chico en el estacionamiento le contaba a alguien más que había escuchado unos disparos no muy lejos de aquí; entonces, a las 11:51, nuestro representante vecinal mandó un mensaje en el chat de los vecinos en el que nos anunciaba que cerrarían el cancel del coto.

Yo no salí a la calle porque el gobernador Lemus declarara código rojo en la ciudad. Decidí que no solo no saldríamos, sino que, además, nos encerraríamos, porque, después de que se cerrara el cancel del coto, a las 11:59, llegó a otro de los grupos un mensaje compartido por otra chica. El mensaje era una viñeta que a letra decía que a partir de las 2 pm irían contra quien se encontrara en la calle; este último mensaje se había compartido muchas veces; a la chica se lo había pasado alguien más a quien también se lo había compartido un tercero, y de esa manera, incontables veces. Yo seguía dudando, porque mi naturaleza duda de casi todo, pero no iba a averiguar si era o no cierto.

Tal vez a otros les pasó lo que a mí, porque de ahí en adelante todo fue un frenético y breve movimiento que indicaba un prepararse para el encierro. Al poco rato dejaron de escucharse las voces, los pasos, los autos, la ciudad. Uno de los últimos sonidos que oí de la calle fue el de la cortina de la tienda de don Chuy, que era bajada, “Don Chuy ya cerró la tienda”, le dije a Diego, y aquello pareció un augurio, un mal presagio; entonces empecé a escuchar casi cada paso del viento por la casa y su anidarse en el patio.

Yo no saldría a la calle a ver qué sucedía. ¿Quién es ese que, pudiendo quedarse, sigue su impulso de ver con sus ojos lo que reina en el silencio y sale de su casa para observar también el vacío de las calles y a las amenazas agazapadas en las esquinas? Yo no, así que yo escuchaba.

Con esas, fue que me di cuenta que los perros que a diario ladran —calculo que como a dos o tres cuadras de aquí— ese domingo se mantuvieron en silencio; muchas veces me los he imaginado en manada ladrándole a quienes no les parece que pasen por donde ellos se encuentran. Pienso que no ladraron porque no hubo quien se acercara a donde están. Lo que no escuché ayer me dice que casi todos estuvimos resguardados (lo que sea que eso signifique).

El domingo tampoco escuché a mis vecinos de al lado gritarse como a casi diario; algo los tendría más ocupados, supongo que lo mismo que a mí, que me tenía atenta a escuchar: el miedo, sí, era miedo. En el estacionamiento del coto en donde vivo (un estacionamiento para 22 autos), no hubo quien saliera a lavar su carro, ni quien pusiera música como casi todos los domingos como suelen hacer algunos otros de mis vecinos, no hubo niños jugando, ni quien llenara el silencio con el sonido de su vida.

Ese domingo no escuchaba nada, no como ahora que oigo con claridad cómo pasan los autos y las motos por la calle —que cabe decir, está a unos 15 o 20 metros de distancia de mi casa—. Hoy, 23 de febrero de 2026, a esta hora en la que escribo (son las 15 horas), puedo escuchar a mis vecinos platicando en el estacionamiento y a los autos transitando en la colonia; el domingo, no.

Hoy sí, como a eso de las 11, el vecino del 7 sacó su karcher y lavó su auto, y su esposa, hijos y nietos ya llevan rato hablándose como suelen hacerlo, un poco a gritos, con el volumen alto, como de malas. Ahora sí escucho a los carros entrando y saliendo del estacionamiento, y unas breves conversaciones que por ahí o por allá mantienen dos o tres personas que se van encontrando al paso de su ir y venir, ¿sabrán que desde mi ventana se escucha casi todo?

Con el silencio aquel y las puertas cerradas con llave, en un punto determinado por fin encontré el momento de desayunar; ya era muy tarde. Eran las 12:44 cuando le dije por WhatsApp a mi novio que iba a comer porque con todo lo que había estado pasando, no lo había hecho. Diego y yo desayunamos, preparamos huevos, café, calentamos tortillas y frijoles, entonces pensé en mi privilegio, yo tenía todo en mi casa, no tenía que salir, me sentí muy afortunada, quise llorar, pero no lloré.

Al terminar el desayuno (el almuerzo), Diego se subió a su cuarto con su café. Yo lavé trastes, limpié un poco la casa, preparé una gelatina. En el patio, el viento mecía la ropa que Diego había lavado; entonces, junto al canto de otros pajaritos, escuché el canto de lo que pensé podría ser un canario.

Un día antes, la mañana del sábado, también lo había escuchado. Entonces, movida por la curiosidad, había salido al patio a buscarlo, y lo encontré posado en la punta de un tubo de la azotea de mi vecino; vi su pecho amarillo y concluí que era un canario. Me quedé ahí hasta que decidió irse. Ese domingo también lo escuché, aunque ya no pude volver a verlo, “Diego, ¿ya escuchaste al pajarito? Creo que es un canario”.

Hoy, otra vez el canario volvió con su canto. De nueva cuenta yo venía de limpiar un poco aquí y allá después del almuerzo, de moverme por la casa; junto a él también se escuchaban una paloma y una que otra conguita, mis ojos hoy tampoco pudieron encontrarlo.

Entonces se me detuvo el pensamiento en el canto del canario: pensé en su canto del sábado, cuando todo corría con la normalidad habitual de una ciudad tan grande como esta; en su canto del domingo, mientras el miedo me había llevado al encierro; y en su canto de hoy, cuando parece que la ciudad se estira a tientas en la oscuridad en que nos hunde la incertidumbre y las muertes de aquellos que, sin deber nada o sirviendo a otros, ya no abrieron los ojos el día de hoy, para ver, como nosotros haremos, si es posible volver a nuestra vida aunque sea a fingir que podemos andar a salvo.

Después pensé en lo que hay en mí (en mí, adentro, y en mí, afuera) que me permite ponerle atención al canto de un canario en mi patio mientras la ciudad anda, la detienen, la secuestran, la incendian; mientras avanzamos lo mejor que podemos, mientras mi ciudad se levanta y nosotros con ella, y sonreí, no con cinismo ni ironía, sino de forma genuina: le sonreí al canario que no podía ver, a su forma de habitar al silencio y al viento que se dejaba montar por el canto.

Minerva Mendoza

Toque de queda

A las 9 de la mañana timbró el teléfono. La voz del “Güero” sonaba desesperada del otro lado de la línea. “No podemos tomar el camión para llegar a su casa. Hay mucho gobierno aquí en la terminal de camiones. Nos dicen que no va a haber camiones, que nos regresemos a nuestra casa”. Acababa de despertar y no dimensionaba el sentido de las palabras del “Güero”. Todavía no sabíamos nada de lo que estaba sucediendo. También estaba esperando a mi hija que venía en camino. Llegó en cuanto terminé la llamada.

“Vimos en Lázaro Cárdenas que se estaba quemando un carro, no supimos si era un choque o algo así y nos dimos cuenta por las redes que están quemando carros y hay bloqueos”, nos dijo a mi esposa y a mí. Mi yerno empezó a buscar en redes lo que estaba ocurriendo y prendimos la televisión para ampliar la noticia.

Movilización policiaca y Código Rojo decretado por el gobierno estatal. Por televisión repetían que no saliéramos de casa, que nos resguardáramos porque los narcos tenían sitiada la ciudad; entradas y salidas de la zona metropolitana bloqueadas por camiones incendiados; autos quemados en las avenidas más importantes en represalia por la captura de “El Mencho”.

Las calles del barrio se fueron quedando solas. Las tienditas empezaron a bajar sus cortinas y la única que permanecía abierta tenía una enorme fila de clientes. El paso de vehículos era cada vez menor y para las 4 o 5 de la tarde solo se escuchaban helicópteros sobrevolar la zona.

Discutimos un poco el regreso de mi hija y su esposo a casa, puesto que, como en muchas empresas, conocemos de la indolencia de los patrones y tienes que presentarte, aunque se ponga en riesgo la vida. Decidieron irse a casa, porque también argumentaban de la indiferencia del Estado hacia las empresas. Fueron los 30 minutos más angustiantes de mi vida. Seguí la ubicación que compartieron hasta que llegaron a su casa.

Oxímoron

“Silencio ensordecedor”. Apenas el viernes estuve explicando esta figura a mis alumnos, pero viví completamente este tropo la noche del 22 de febrero en la terraza de la casa mientras me fumaba un cigarro.

El silencio que cubría la ciudad era angustiante.

El barrio donde vivo en Tlaquepaque siempre es ruidoso y más aún en fines de semana. Voces de niños jugando, altavoces donde se escuchan canciones de José José, Los Terrícolas, corridos de antaño o los nuevos corridos “tumbados”.
Las motocicletas ruidosas, los estéreos de los autos de los bravucones o de los que se creen narcos, que pasan con el sonido a todo volumen de rap, hip hop o regional mexicano donde se ensalza el crimen, callaron.

Nadie en las calles. Las luces se apagaron temprano. Ni el sonido de las ambulancias se escuchaban ni los perros ladraron. Todo quieto. No hubo necesidad de decretar toque de queda.

Esteban Pineda Pérez

El Pirata

Muy seguido veo la imagen del Pirata de Culiacán en redes sociales. Ese muchacho que murió baleado a los diecisiete años por burlarse del “Mencho” se volvió un Caronte moderno: una fotografía suya en una camioneta fue editada con el planeta Tierra detrás, dándole un aura divina. Cada vez que muere un famoso, su fotografía es puesta en los asientos de pasajeros y el Pirata mira a la cámara mostrando dos dedos que saludan en señal de paz, como si hubiera bajado por ellos y se los estuviera llevando a un lugar mejor.

Ese domingo yo tenía que trabajar. Mi jefa me escribió para pedirme que me quedara en casa, así que prendí la computadora y busqué las noticias. Mi mamá entró a la habitación y me dijo con una sonrisa “Ya mataron al “Mencho”. No debería alegrarme, pero era un hombre malo”. Lo primero que hice fue pensar en el Pirata. A mis amigos, bromeando, les dije “ya por fin lo vengaron”, y unas pocas horas después ya circulaban los memes: El Pirata al volante y el “Mencho” detrás, como si ese muchacho fuera tan inocente (como muchas veces lo pareció en sus videos) que fuera incapaz de rencores y no hiciera ninguna distinción.

Por la noche salí a buscar una tienda y todas estaban cerradas. Sin querer, con las calles tan silenciosas y solitarias como en escena de película distópica, empecé a tararear la canción que siempre aparece en los memes del Pirata: “Perdón, mamá, no fui lo que quisiste/yo sé que ahorita tú te encuentras triste/mi cuerpo allí estaba tirado/en charcos rojos, empapado”. Volví a pensar en ese muchacho y me pregunté si cuando yo muriera, bajaría también por mí. Yo sé que la escena es risible y por eso es un meme, pero hay algo de tierno en pensar que el día que me muera el Pirata va a bajar por mí en su camioneta, mientras suena esa canción, y me invitará a subir. Él era así: un personaje trágico, mucho más patético que un Edipo o una Medea, pero también con un destino hacia el cual precipitarse: el de la muerte. Y su canción, que puse en Youtube al volver a mi casa con las manos vacías, es un buen retrato de él: Pide perdón, no es cínico, no se burla.

Quizá lo estoy idealizando, es lo que pienso mientras termino este texto y me preparo para dormir: mañana tendré que tomar el transporte público a las seis de la mañana para ir a trabajar. Toda la gente, después de morir, es idealizada. Muertos no nos queda de otra más que darles el beneficio de la duda: lo que hubieran sido después, lo que pudimos hacer para evitarlo. Voy a escuchar su canción otra vez y luego volveré a la normalidad.

Jorge Arturo Tovar

 

El aire loco de «febrero loco y marzo otro poco»

Ese domingo 22 de febrero cumplía años mi abuelo. Cumplió 93 años. Sigue como siempre: respirando la existencia. Pienso ir a visitarlo antes de que el tiempo se acabe. Su tiempo, nuestro tiempo. Por ahora está mi mamá allá.

Me levanté temprano porque me metí a unas clases de química orgánica. Este nuevo síndrome de la modernidad de sentirnos culpables por ser brutos hace que rellene mi tiempo con la mayor cantidad de actividades posibles, o será mi onda esta de la hiperactividad. De todas formas, me considero una amante de la cama, la almohada y el descanso. Sin embargo, me levanté temprano. A diferencia de los lunes, levantarme temprano los domingos me da alegría. Todo está silencioso (excepto por esa maldita alarma de no sé qué lugar que suena como un columpio vencido y diabólico… como escena de película de terror gringa. Pero aquí el terror es mi neurosis por los ruidos. Fonofobia).

En fin, me levanto, me hago un delicioso café, tengo una galleta que guardé para esta mañana; prendo mi clase en línea. Vamos a hablar de los aromas artificiales. Secretos detrás del perfume y las fragancias. Me encanta la idea. Me emociona entender esos aromas que cautivan. El olor a café y pan de la mañana de este domingo es el perfecto aliciente para empezar clase.

La clase en videollamada se ve interrumpida por los mensajes de mi hermana diciendo que hay bloqueos en la ciudad. La verdad, la ignoro un poco. ¿Qué hace Eloísa despierta en domingo tan temprano? Pienso mientras el profe explica la cromatografía para distinguir los componentes de los perfumes… bostezo. No era lo que esperaba de la clase. Otro mensaje-llamada. “Hola, disculpa, no podré llegar a tiempo, nos están regresando a la altura de San Juan de Dios”… Era mensaje de una de mis colaboradoras del turno dominical en la tienda. Ahora pienso: rayos… esto tiene que ver con lo que me dijo mi hermana hace rato seguro.

Abro el mensaje y en efecto no se ve bien el panorama.

La clase avanza y veo que no es de mi interés. Que la verdad yo ni sé de química y que tengo que atender sí o sí lo que está sucediendo en la ciudad. La otra chica que vendría a apoyar el turno del domingo (antes de que se me vayan a la yugular: pagamos prima dominical y todo) me dice que subirá por la calle de La Paz.

Vuelvo a las noticias y veo que hay vehículos en llamas, unas tachuelas poncha llantas y que esto no es una broma. Cierro la sesión de la clase, escribo que me disculpen, que se puso medio rara la ciudad… por estos minutos creo que exagero. Yo y mi manía de protagonismo tal vez, pero les digo que hay narcobloqueos y que no podré estar en la clase.
Para alivio mío (que egoísta es uno: ¿alivio?) la exageración fue precisa, sí. Narcobloqueos.

—No vamos a abrir. No vengan.
—¿Segura? Igual llego por otra ruta.
—Vamos viendo cómo se pone esto, pero por ahora mejor no vengan.

Guadalajara empieza a hablar por sí misma a través de las redes sociales de cada uno. Todos reporteros de nuestra realidad inmediata. ¡Por Dios! La ciudad cambia de ánimo en menos de quince minutos. El algoritmo, ese canalla autómata, nos entrega en segundos lo que está pasando afuera. Se puede leer como ¡pánico! Gente siendo bajada de sus autos ¡en todos lados! No solo en la calzada Independencia, o en 16 de septiembre o en La Paz o en Lázaro Cárdenas. También hacia Chapala, hacia La Barca, en Tapalpa. Una orquesta simultánea de violencia. Una escalada impetuosa. Nos va a dar mal de montaña anímico. Es demasiado veloz. ¡No salgan! Aviso en el grupo de trabajo. En el chat de la clase empiezan a llegar los “cuídese mucho” anónimos.

Por su propia cuenta mi pareja está siendo bombardeado también de noticias al momento. Su hermano vive en Puerto Vallarta, parece ser que hubo una redada en la cárcel, que varios custodios fueron asesinados y que los reos corren libres por las calles. Ahora si la psicosis mediática ataca todos nuestros sentidos que son raptados por la máquina inteligente que no podemos soltar ni para ir al baño.

La realidad inmediata se narra en cientos de videos. Guadalajara está sitiada. ¿Qué chingados pasó? Todos se preguntan en los grupos de WhatsApp, de Facebook, de Instagram.

—Que agarraron a una señora esposa del que era El Lastra, responsable de las masacres del Rancho Izaguirre.
—Que agarraron al “Mencho”.
—Que mataron al “Mencho”.
—Que estaba en Tapalpa.
—Que andaba con su amante.
—Que no salgan que nos van a matar a todos después de la una.
—Que van a cortar la luz a las 5:00 pm.
—Que incendiaron un avión en el aeropuerto de Guadalajara.
—Que le prendieron fuego a la iglesia de Puerto Vallarta.
—Que.. que… que.. que… que…

Uno empieza a sentir cómo la sobre información entumece. Además de esta segregación de dopamina constante de estar viendo videos cortos de menos de un minuto, gente que grita, que corre, que son bajados de sus coches con armas largas, no pistolas.

—Que tu hermano se fue al mercado.
—Que por él mercado de Atemajac se puso feo.
—Que justo fue a ese pinche mercado.

Me lleva la retroverga, ¿dónde están todos? A llamar a todos. Todos bien. Excepto mi hermano y mi cuñado que fueron al mercado.

Minutos horrendos.

Que ya llegó tu hermano, que le tocó la balacera de Atemajac.
—¿Dónde está mi cuñado?
—Está por Zoquipan.
—¡No inventes! Hay gente armada en el hospital de Zoquipan, está súper caliente la zona.
—¡Ya sé! ¿Qué hago?

Este ímpetu de tejido humano que hace que nos duelan los otros, los más cercanos. La urgencia de saber que todos los que somos nosotros estamos bien por lo menos.
Todos estamos bien.

Pasan varias horas y la verdad empieza a flotar como una nata que se condensa lentamente en una leche sin pasteurizar: mataron al “Mencho”.
Esa es la verdad oficial.

Es tan asombrosa la noticia que no se puede creer. Le tenemos tanto miedo a la figura, al nombre, al rostro, a la maldad que implica su existencia y la existencia de su cartel. El dolor que ha generado en miles de familias mutiladas con violencia. El peor antimonumento que nos hiere todos los días que pasamos por “la glorieta de los desaparecidos”. El capo más temible de América Latina, ¿está muerto?

Un aire típico de febrero loco (y marzo otro poco) entra por las ventanas de mi casa. Es un aire violento. Tira todo lo que está sobrepuesto. Las cortinas se alzan casi tocando el techo, las puertas se azotan. Los recuerditos amontonados en un lugar donde ya no recuerdo qué salió de dónde se caen al suelo. Se siente como si el espíritu del mal hubiera exhalado en la tierra. La antítesis del espíritu santo en la última hora de Jesús. Este aire nos eriza la piel más por miedo que por frío.

México está explotando en todos lados. El epicentro es Jalisco. Los actores de novela que gobiernan esta ficción donde habitamos están en silencio.
La ciudad se ha quedado muda. Como privada. Sin aliento.

Todos los servicios han sido cancelados. La gente tiene que caminar a sus destinos: no hay camión, no hay trenes, no hay Uber, no hay nadie.

Las tiendas bajaron las cortinas, los tianguis están con las estructuras puestas pero abandonados. Hay coches calcinados por toda la ciudad.

Ojalá que su muerte significara paz. Siempre había tenido la siniestra ilusión de que cuando llegara este día, los desaparecidos se volcarían sobre la glorieta, como salidos de una realidad diferente. Ocultos en un pasadizo donde nos habían estado esperando: 16,000 humanos apareciendo al mismo tiempo, como se les vio por última vez, en la glorieta de Chapultepec y Niños Héroes.

Ojalá pudiéramos celebrar su muerte. Este luto obligado de terror que ejerce una fuerza atmosférica común. Una desgracia que nos hace ser de aquí. Dolernos de aquí. No poder pensar otra cosa el 22 de febrero del 2026. Todo está en silencio. No se ha muerto el capo…lo mataron.

El lunes 23 salí a caminar para revisar que los bienes alquilados que nos mantienen estuvieran a salvo. Enfrente de mi local hay el típico “punto”, manera coloquial de llamarle a un lugar que nos abastece de drogas permitidas por el cartel en función. Normalmente son triángulos escálenos de polietileno, con una calcomanía holográfica que trae, depende la fecha, un monito. En ella se empaquetan gramos o miligramos de polvos blancos, rosas y rocas. Las navideñas suelen traer un Santaclós calavera con las cuatro letras. En “Hallowin” una calabaza calavera…

Hoy vi a uno de ellos, los del punto, caminando. Esperándolo un loco haciendo sentadillas. “Es lo que pude encontrar Pa”, le dice y le da un sobre con quién sabe qué.

¿Qué pasará ahora?
Ayer la calle era de los sobrevivientes del colapso.
Hoy, nosotros los cómodos queremos volver a la normalidad.
Pero el espíritu ese está ya sobre la tierra.
Hoy el sonido es de las aves urbanas.
Los demás callamos en un luto incierto. No sabemos nada.

Luciana Helguera