La autora de esta crónica escribe desde la autoconfesión que su fuerte no es el futbol. Y es desde ese ángulo que nos comparte su experiencia observando y viviendo esta fiebre mundialista que nos ha contagiado por semanas. Las semanas, quizá, más felices del año.
Por Minerva Mendoza
1. Intégrese, pero no se camuflajee
El 16 de junio a la hora de la comida festejábamos mi mamá, su esposo, mi hermana, mis sobrinas y yo, el cumpleaños número 28 de mi Diego. En un momento de la charla en la mesa mi hermana Vane nos contó que había ido con sus hijas al Fanfest de Guadalajara “por no dejar”, dijo algo como: “Fui porque de aquí a que me toque otro mundial, va a estar cabrón”; se refería a otro mundial en nuestra ciudad, en Guadalajara.
Yo abrí un poco los ojos reconociendo que a mí eso no se me había ni siquiera ocurrido a la hora de sacarle la vuelta a todo aquello a lo que yo le veía traza de futbol mundialista.
Diego agregó: “Yo por eso estoy viendo todos los partidos”, y entonces comprendí eso que los chicos jóvenes de este 2026 llaman “fomo”. “Ah, ya entendí”, dije, y me sentí una señora de la edad que tengo, una señora con sus 47 años encima y me vi en un salón de fiestas bailando cumbias y canciones de Rostros Ocultos mientras volvía a sentirme parte de la tardeada de bienvenida de la prepa, por allá en los años noventa; también pude verme con cierta desaprobación a través de la mirada de Diego, mi hijo, y Paloma, mi sobrina, pero de todas formas continué para afirmar: “¡Ah, claro! Eso es fomo, ¿cierto?”.
México ya había jugado un partido antes, el 11 de junio, contra Sudáfrica, y había ganado 2–0; seguía el partido de México contra Corea el siguiente jueves, el jueves 20 de junio; esa podría ser mi oportunidad, calculé, porque además era un partido que se jugaría en nuestra ciudad y pensé que la gente quizás por esta razón se sentiría más eufórica.
Comencé a planear que podría ir a ver el partido a alguna plaza. Pensé que la de San Pedro, Tlaquepaque, sería muy buena idea porque no era un lugar oficial para el Fanfest, pero era un sitio que propiciaría el ambiente del que yo me estaba perdiendo, además, porque me permitiría ir y regresar a pie a mi casa y podría hacerlo sola.
Sola, en mi caso, era mejor que acompañada, porque el hecho de pensar en mí yendo a un lugar tumultuoso a ver un partido de futbol me parecía algo muy ajeno, y esto de ir con acompañante significaba dos asuntos: uno, ir con quien sí le gusta el futbol, y eso, me imaginaba yo, me complicaría mucho la tarea, sería como agregar sumandos a una suma ya de por sí contraria a mí; la otra opción era ir con quien, como yo, podría integrarse sin necesariamente pertenecer, lo que también me significaba un esfuerzo porque tal vez estaría pendiente de la comodidad del tercero en cuestión en lugar de la propia, sin contar con que, además, tendría que planear la logística del encuentro. Así que muy segura de lo que haría, a los minutos de pensar en ir a ver el partido, decidí que iba a ir a verlo a San Pedro sin compañía.
Ese día, el jueves 20, busqué mi propia comodidad, todo lo hice desde ahí: la hora de comer, la hora de entrenar, si limpiaba o no la casa, la ropa para ponerme, nada verde, por cierto, el calzado, la hora de llegada a la plaza, la ruta y, claro, dejar abierta la posibilidad para retirarme en el minuto en que se me antojara, pero me quedé hasta el final.
Después de cantar con todos “Cielito lindo” y luego el himno nacional, antes de empezar el partido, después de una hora de haber llegado, yo me dispuse a poner atención. Al principio no supe cómo, ni qué hacer. En la pantalla gigante que se instaló enfrente de los arcos de la presidencia de Tlaquepaque, yo solo veía al montón de jugadores correr calzados en unos tenis color rosa mexicano que me robaban la atención: “¿Por qué todos traen los mismos tenis?”, pensaba. “Ve el balón”, me dije, y estuve de acuerdo, porque recordé que cuando Diego me enseñaba algunas jugadas de vóley, me decía eso, “Ve el balón”, y casi todo el tiempo lo seguí, pero a ratos no.
A veces algo entre la muchedumbre me alejaba la mirada de la pantalla: unas señoras empujándome para pasar delante de mí, unos niños en una azotea del parián, una nube rosita allá por el sur, como para el lado del Cerro del Tapatío, pero yo volvía a la pantalla, al partido, al balón, y entonces pasó.
Pude gritar gol junto a todos porque vi al balón entrar a la portería, pude verlo y me emocioné por eso, porque había seguido la pelota y ahora, me parecía, yo tenía una recompensa, ver el gol y que todos los que mirábamos pudiéramos alegrarnos juntos por lo mismo. Compartíamos el mismo gusto, la misma alegría, reíamos, brincábamos y gritábamos una y otra vez, y éramos cientos, juntos como si fuéramos uno.
También durante el segundo tiempo aplaudí junto a todos los demás que celebraban al portero mexicano cuando detuvo un balón que iba directo a su portería, “Atajadón”, pensé sin estar segura de si esa era la palabra correcta. Vi la repetición en la pantalla, admiré al portero y entonces lo vi casi como a un héroe nacional. El latido del juego me lo daban los cientos de personas que ahí estábamos en pos de lo mismo; si comenzaban a tocar más alto sus trompetas tricolores de plástico y a gritar eufóricos, yo ponía más atención, si aquel zumbido tumultuoso se relajaba, yo también.
Poco antes de que terminara el partido, la gente festejaba anticipándose al final, celebraban la victoria. La selección mexicana le ganó a la de Corea, brinqué y me alegré de forma genuina, grabé el momento con mi celular por algunos segundos para tener el recuerdo, pero lo guardé casi de inmediato para poder seguir festejando por unos minutos más lo que tal vez yo no volvería a repetir en la vida.
Antes de irme caminando a mi casa quise festejar con un elote con crema y queso; me lo compré y cuando pensé que ahora sí ya estaba completa mi experiencia, cuando ya iba de retirada, me topé con un grupo de gente que bailaba “Payaso de rodeo” y también bailé.
Me fui a la casa con un ligerísimo cansancio por haber estado de pie alrededor de casi tres horas; llegué aturdida con tanto ruido a mi alrededor y con un nuevo tipo de alegría que hasta entonces no había conocido. Me felicité a mí misma: “Qué buena idea tuviste, Mine”, me dije, y ya no quise saber de futbol.
2. Olvídese de los supuestos
Para cuando la selección mexicana jugó contra Chequia, en Ciudad de México el 24 de junio, yo estaba en mi acostumbrado borde futbolero, es decir, en la orilla, muy allá de todo, lo más que se pudiera, investida un poco de indiferencia, pero enterándome de cualquier modo, entonces supe que la selección mexicana había vuelto a ganar, esta vez 3–0, y que lo que seguía era que jugara en dieciseisavos, luego supe que sería el partido México–Ecuador.
Con todo y que no sé de futbol entendí que eso significaba algo importante, pues ahora era ganar o morir. Ese día, el 30 de junio, un martes, yo hubiera podido repetir la fórmula que utilicé para ir a ver el partido México–Corea, pero supuse, y creo que supuse mal, que mi experiencia mundialista ya estaba, ya había sido. Jorge, mi novio, me preguntó si no iría a San Pedro a ver el juego: “No, yo ya tuve mi experiencia mundialista”, le dije.
Ese día, sola en mi casa, a la hora del partido, ni siquiera prendí la televisión, me puse a hacer lo de cualquier martes, y estaba yo entrenando cuando a lo lejos escuché “Goool”, salí un poco al patio, y de allá, por el lado del antes Boulevard a Tlaquepaque, a unos 10 minutos hacia el oriente de mi casa en la colonia Atlas, escuché la algarabía de la gente que se había juntado en los bares a ver el partido y sentí una pequeña envidia: “¿Por qué opté por tener un día cualquiera en lugar de uno extraordinario? ¡Ah, sí! No me gusta el futbol”. Ese día, México le ganó también a Ecuador, ahora 2–0, y pasaba a octavos de final. Yo volví a mi orilla acostumbrada y dejé de lado el tema, más por indiferencia que por desdén.
3. Vaya tras su alegría
Decidí que vería el partido de octavos de final de México contra Inglaterra el domingo, 5 de julio, el mero día del partido. Llegué a la casa como a eso de las 3 de la tarde con pollito de la comida china, después de haber estado el fin de semana con Jorge. Me encontré al hijo mío en su cuarto; en la actualización de noticias pregunté: “¿Con quién vas a ver el partido?”, “Con Regina, al rato me voy para allá”, me contestó. Entonces lo decidí: yo vería el partido sola en mi casa y pondría lo mío para pasarla genial.
Comí, descansé, limpié y recogí un poco por aquí y por allá, preparé mi comida del día siguiente; fui a la tienda a comprar agua y plátanos, y en una segunda vuelta, fui por antojos: una sopa Maruchan, unas palomitas y unos roles de canela, por si se me antojaba algo dulce; me preparé una rusa y prendí la tele. Le cambié de canal hasta dar con el que lo estaba transmitiendo, me senté a esperar a que el partido empezara mientras me comía las palomitas y le tomaba a mi rusa.
Yo no sé de futbol, pero siguiendo de nueva cuenta el balón con la mirada, el partido me empezó a parecer excepcional: “¿Así será siempre esta madre o esto de veras está bueno?” Pensé en qué buena idea la mía de verlo sola para no dirigirle a nadie mis observaciones, pero en seguida también supe que estaba a solas con mi emoción cuando Inglaterra, poco antes de que terminara el primer tiempo, metió el primer gol y a los muy pocos minutos un segundo. Yo sentí algo horrible en mi pecho: “Noooo, ¿cómo así?”, grité. Lola, mi perrita, había estado todo ese tiempo echada a mis pies en su cama, pero algo nuevo habrá descubierto en mí porque se levantó un poco asustada y decidió que ella mejor se iba a su otra cama del piso de arriba.
Jorge y yo nos habíamos empezado a mandar mensajitos, y bien pronto nos descubrimos inmersos en las ganas de que todo se remediara: “¡Dios mío, ayúdalos!”, escribí haciendo alusión a un chiste entre nosotros, pero creo que también lo dije en serio. En esas estaba yo cuando vi cómo México metió el balón en la portería contraria, su primer gol, el cual no soy capaz de reproducir aquí, porque yo no sé de esas cosas. “Goooool”, dije en voz alta con la fuerza de mi corazón puesto en la voz, pero creo que no lo grité. Sentí la alegría en las venas, me alegré muchísimo: “Bien, muy bien”, decía yo de forma multiplicada, por dos, por tres “Muy bien”, y dejé el sillón.
Fui y me senté en frente de la tele, sobre la mesita de centro, que al cabo ahí no había nadie que pudiera decirme: “Y ‘ora tú, ¿qué te picó? No que no te gusta el futbol, y quítate de ahí que no nos dejas ver”, así yo no tendría que decir: “Cállense, déjenme en paz, qué no están viendo que acabamos de meter un gol”. En el medio tiempo fui al baño, caminé por la casa, me abrí los roles con canela y estuve cerca de acabármelos movida solo por la ansiedad.
Durante el segundo tiempo, casi al principio, expulsaron a un jugador de Inglaterra y pensé en la posible ventaja para el equipo mexicano. Una especie de esperanza se me sembró y me empezó a crecer, pero entonces, un penal: “¿Cómo que un penal?, pero ¿por qué, Dios mío?” Me alegré otra vez de estar sola, de no tener que recurrir a nadie para que me explicara por qué México había cometido semejante falta como para merecer tal castigo; me alegré también de mi soledad para que nadie me escuchara decir eso: “Dios mío”, y que luego, tras el tercer gol de Inglaterra, yo en serio empezara a juntar mis manos y cruzar mis dedos, cerrar los ojos, respirar profundo y pedir: “Por favor, por favor”, en la espera de que algo mágico sucediera. Entonces le marcaron un penal al equipo inglés y México metió su segundo gol. Yo no sabía quién era quién, pero admiré al jugador que metió el balón en la portería y nos regresaba la posibilidad de ganar el partido.
Veía al equipo mexicano ir una y otra y otra vez a la media cancha del equipo contrario buscando la jugada para un nuevo gol, sin desistir, se pasaban el balón, avanzaban, retrocedían, disparaban, nada, “Qué aguerridos”, se me venía la palabra a la cabeza mientras me preguntaba si así era siempre aquello de ver partidos: “Con razón la gente se apasiona tanto, son muchos altibajos”.
De cuando en cuando miraba el relojito en la esquina superior izquierda, vigilaba cómo los 11 minutos extras marcados se iban terminando mientras no caía el tercer gol de México, el del empate, el de la esperanza.
Después de que los once minutos se agotaran y el relojito siguiera un poco más, escuché el silbatazo del fin del juego y la voz del cronista que decía que ahí se acababa el mundial para México. Sentí una tristeza gris clarito que me fue cubriendo como llovizna, y así, con ese sabor cenizo, pero también con la suavidad de la alegría que me había dado la experiencia: apagué la tele, me fui a prender el bóiler; seguí con la vida mía, lavé trastes, recogí esto y lo otro, me dispuse a irme a bañar y terminar el día. Mientras subía uno a uno los quince escalones que dividen las dos plantas de mi casa, me iba repitiendo: “Qué buena idea tuviste, Mine. Qué bueno estuvo el partido”.




