La autora de esta historia, Érika Ávila, debuta en este espacio contándonos un recuerdo muy entrañable de su infancia. Cómo a muchos nos sucedió, los abuelos principalmente y los escenarios de ellos se convirtieron en un telón de fondo que nos marcaría de por vida.

Por Érika Ávila

Soy la calle inclinada de Santander, el ropero viejo en el cual ocultarse para evitar una reprimenda, soy sus ojos color miel contemplándome, soy la sangre que cae en el pecho de los pugilistas y las voces extasiadas vitoreando un gol, soy la muñeca de trapo formada con manos torpes, soy una mañana triste de octubre, soy el fruto que cae y regala su aroma a los caminantes, soy todo, menos la niña bonita de ojos chinos.

He vivido por cuarenta años en una casa que no es mi casa, mi hogar fue la casa de mis abuelos, en la calle de Santander. Esa es mi casa por decisión, por nostalgia y a ella siempre se remiten mis recuerdos. De los pasillos y las habitaciones de techo alto, la mesa circular de tres patas, la consola que alberga los discos de vinilo, las carpetas tejidas a gancho que cubrían el gabinete y el televisor, la puerta negra y la ventana con mosquitero es de donde germinó mi esencia, donde despertó mi vida.

La casa la habitaban mis abuelos y mi tía Bertha a quien siempre le llamamos “Chata”, de ella tengo pocos recuerdos de esos años, y no por falta de cariño, sino porque mi tía trabajaba en una fábrica de costura y llegaba a casa cuando nosotros, mi madre, mis hermanos y yo ya íbamos de salida a nuestra casa. Para llegar con mis abuelos debíamos tomar la ruta 50A en la Avenida Experiencia, el camión recorría diez cuadras en camino recto, giraba a la derecha en la Avenida Fidel Velázquez, antes Montecasino, hasta llegar a la Avenida Alcalde, ahí el transporte giraba a la izquierda y justo en la esquina, en la avenida, descendíamos; se podía ver a una mujer joven con una fila de niños avanzar por la vialidad. Por decreto materno todos debíamos caminar tomados de la mano, los más grandes sujetaban a los más pequeños, tanto al andar por la avenida y cruzar el parque, hasta llegar a la esquina de la calle Santander, ahí se acababan las restricciones y corríamos cuesta abajo hasta mitad de la calle, frente al convento, donde ya nos esperaba Piedad, ataviada toda de negro y encima de su ropa de luto bien sujetado portaba a la cintura su mandil de cuadros bordados con punto de cruz. Piedad siempre se vistió de luto, en su juventud perdió a dos hijos, Esperanza de meses de nacida e Ismael de un año. En su vida adulta, antes de llegar a Guadalajara, murió mi tía Victoria a la cual no conocí, pero de la que hay varias fotografías, en una de ellas se le mira con su uniforme desteñido, las medias blancas y los zapatos sucios, tal vez porque en aquellos tiempos, en Zacatecas, no todas las calles tenían adoquín o empedrado y los caminos eran polvorientos, a lo menos eso refleja la imagen. Mi tío Luis murió siendo un adulto, tenía 32 años y fue su muerte la que terminó con la alegría de Piedad. Siempre pensé, aunque no lo dije, que la tristeza de mi abuela se debía a “El Botellón”, el hombre del que ella siempre estuvo enamorada, y con el cual no le permitieron casarse. Cuando Silverio veía el box y yo me sentaba a su lado, me recargaba en su hombro y pensaba mucho en “El Botellón” y lo odiaba profundamente, mientras que le daba palmadas y besos a mi abuelo en el brazo, me repetía en el pensamiento que nunca le contaría a mi abuelo las historias que escuché en secreto. A Piedad nunca la vi reír, siempre estaba afanada cocinando, lavando ropa, tejiendo manteles, colchas, ni siquiera cuando perdió la vista dejo de hacer algo. Sus últimos años la pasó recortando recuadros de tela para hacer con manos torpes muñecas de trapo.

¿Y a Silverio? ¿Cómo describirlo? A Silverio le he escrito poemas, cartas, lo tengo encima de mi buró y en una pared pendiendo de una fotografía y aun así siento que se me escapa, que como la brisa va y viene y no puedo contenerlo. De mi abuelo conservo un reloj de extensible plateado y carátula gris, las manecillas marcan las 11 con 10 minutos y 51 segundos. El fechador se detuvo un día domingo 8. En la caja rosa de los recuerdos atesoro dos cartas que le escribí, las cuales enrollé como papiro y até un listón con la intención de colocar un hilo y sujetarlas a un globo, así como vi en una caricatura, pero el intento fue en vano, las cartas no se elevaron, fue entonces que descubrí la orfandad, fue entonces que la alegría infantil se desvaneció y me quedé así, en la azotea de mi casa, contemplando a la nada, con la sensación de vacío que deja el silencio, la ausencia.

Silverio era un niño en un mundo viejo, siempre festivo, coqueto, arrebatado, encantador. Sus ojos color miel eran un abrazo de luz de sol, su figura delgada y pequeña se podía mirar cuesta arriba, empujando el carrito de nieves para detenerse en una esquina a esperar por la gente, por las palabras y los rostros que hacían sus días. Hoy me pregunto si mi abuelo salvó a alguna de esas personas que formaban parte de sus días, si salvó a alguien como lo hizo con mi abuela, cuando aceptó “juyirse” con ella, aquel día en que sus padres furiosos pretendían casarla con un hombre mayor al descubrir que estaba entusiasmada con un revoltoso con aires de revolucionario. ¿Habrá salvado a alguien más? Como cuando decidió venir a vivir a Guadalajara, y dejar su casa en la calle Del Ángel y abandonó su trabajo en el gobierno, todo por proteger de las habladurías y el desprecio familiar hacia su estirpe, porque una de mis tías “dio el mal paso”. Como me salvó a mí y enfrentó a mi madre y pude quedarme a su lado mirando las peleas de box y acompañarlo a ver los partidos llaneros en el terreno baldío que estaba cerca de su casa, mi casa.

Recuerdo que mi madre siempre me decía: “las niñas bonitas se aguantan”, y comenzaba para mí el suplicio cuando cepillaba mi cabello rizado y lo sujetaba hacia atrás para formar una coleta y dejarme con los ojos chinos durante todo el día. Resistía lo más posible para complacerla, pero en mis adentros sabía que mi cabello encrespado daría al traste con el esmero de mi madre para que me viera presentable. Aprendí y obedecí no por convencimiento a vestirme, comportarme, hablar y jugar como niña. Mis tardes después de la escuela trascurrían en hacer el papel de cocinera, que era uno de los pocos juegos que disfrutaba, mi madre me compró un bracerito y trastes de barro, verter aceite en los pequeños sartenes y ver cómo el líquido burbujeaba y humeaba al contacto con las pequeñas bolitas de masa, era mi deleite.

En cambio, el juego de té blanco con flores rosas, las barbies vestidas con ropita y accesorios del tianguis, la matatena y los palillos chinos que me habían sido regalados en Navidad y en Día de Reyes, los repelía. Recrear escenas de la novela en turno con las barbies era un juego que compartía con mis primas más por solidaridad que por convicción. El acabose fue cuando La barbie rubia había perdido a su bebé en un accidente, lloraba desconsolada, secaba sus lágrimas y limpiaba su nariz con un pequeño pedazo de tela que hacía las veces de pañuelo. El Ken, recuerdo bien, estaba a su lado y decía: tus lentes ya están empañados, no llores más y ella respondía: No quiero que nadie me vea llorar. Para mí fue suficiente y fui a donde mi abuelo a ver el box, pero apareció mi madre de alguna parte, me tomó de la mano y dijo a Silverio: papá las niñas no deben ver esas cosas. Sentí que otra vez mi madre ganaría la batalla, como cuando me vio en la calle montada en una avalancha y en mi descuido enseñé los calzones, y mi madre molesta, a pellizcones, me metió a la casa para forzarme a entrar de nuevo al mundo rosa de las comiditas y los vestiditos de muñeca. Pero esa tarde mi abuelo fue firme y me mantuvo a su lado, para ese tiempo su ánimo estaba menguando, tocía mucho y dormía más, pero aun así le restaban fuerzas para rescatarme.

De a poco mi abuelo se fue apagando. Un día pregunté a mi madre que sucedía con Silverio y me dijo: tiene los pulmones hechos piedra. No entendí qué significaba tener los pulmones de piedra, ni siquiera sabía qué eran los pulmones, pero comprendí que no era algo bueno cuando vi junto a la cama de mi abuelo un tanque de oxígeno que lo ayudaba a respirar.

Cuando mi abuelo murió no lo acompañé a su velorio, sólo se me fue esfumando como el humo de los cigarros que él fumaba, mi madre decía que las niñas no deben ir a los velorios.

Con los días mi madre cayó en un abismo de tristeza, se olvidó de cepillar mi cabello, de planchar mis vestidos y de estar tras de mí diciendo lo que las niñas buenas deben de hacer. Salí a las calles cuando ella permanecía en cama y mis hermanas mayores veían las telenovelas, con su partida Silverio tuvo para conmigo la última fineza: me regaló la libertad, sin reprimendas, ni ojos inquisitivos, pude correr por la calle con los compas, redimida pude sentir mi cabello rizado caer sobre mis hombros y empapar de sudor mi cuerpo cuando corría como lateral derecho, posición que me fue asignada por el cabecilla del grupo de amigos. La sensación de parar un balón con el pecho por primera vez es indescriptible. Disfrutar de las peleas de box de Julio César Chávez y del Maromero Páez y gritar junto a mi padre al escuchar la campanada final fue mi deleite.

Silverio, Piedad, mis abuelos, son mi casa, mis raíces, mi añoranza… Soy el fruto que cae y regala su aroma a los caminantes, soy todo, menos la niña bonita que se aguanta. Soy todo, menos la niña bonita de ojos chinos.